La ambición de la cuenta llena para ser alguien en este mundo no es nueva, cambian las formas, siempre en función de los tiempos y los modos de conseguirlo, tanto para exhibirse como para exhibirse a través de. Y una de las opciones más vulgares para ello, si uno no ha nacido con libre acceso a los puentes de plata hacia el futuro o si, en cambio, decide decantarse por la variante ilegal -también vale la corrupta, tan de moda-, es el trabajo, y es ahí donde los tiempos han vuelto a reinventarse, porque lo privado no acaba en lo exclusivamente personal o particular, ahora también ha llegado al mundo del trabajo. Me explico.
Van quedando atrás las grandes empresas con sus cientos o miles de trabajadores reunidos en inmensas instalaciones, mundos más o menos cerrados dónde se daban unas relaciones laborales, sociales y personales específicas, además de establecerse unos vínculos especiales que se prolongaban más allá de las puertas del centro, alimentando infinidad de situaciones particulares en las que solían desaparecer las líneas que separaban los ámbitos particular y laboral, se mezclaban ocio y trabajo o se difuminaba la alternancia público/privado. Qué decir de las constantes negociaciones y/o luchas internas entre dirección y empleados, tanto por la porción del pastel a la que éstos tenían derecho como por las condiciones de trabajo y su mejora, no en vano cada trabajador pasaba como mínimo un tercio de su vida entre aquellos encajes laborales, de los que obtenía la estabilidad necesaria tanto para su presente como para su futuro y el de su familia, además de unos bien ganados beneficios sociales, educativos y sanitarios, también políticos. Pero hoy las luchas laborales están en vías de extinción o pasando a ser privadas porque los trabajadores tienen ahora a su alcance una mayor autonomía, el futuro del trabajo pasa por convertirse en autónomos; algo así como la libertad definitiva, pero con trampa. En esta nueva vuelta de tuerca de este principio del siglo XXI se fomentan nuevas -pero falsas- ilusiones haciendo creer a los ahora respetables ciudadanos que no hay nada mejor que la libertad de decidir cuándo, cómo y cuánto trabajar, algo así como un trabajo a la carta en el que no es necesario deliberar o compartir, tampoco depender de otra u otras personas y, ni mucho menos, repartir beneficios. Sucede que en lugar de ir en compañía de tu vecino al trabajo -el antiguo compañero-, has de competir de tú a tú con él por cada centímetro del mercado. Yo soy mi negocio.
Así, mientras el capitalismo privado a gran escala sigue controlando el mercado de las rentas y los dividendos, además de multiplicando sus beneficios simplemente especulando, la producción básica se deja en manos de los mismos trabajadores ahora felizmente convertidos en autónomos dueños de su trabajo. Aunque para estos su felicidad no luzca tan completa como en principio parece, porque, como no es difícil imaginar, su libertad de autónomos significa muchas más horas de trabajo para conseguir bastante menos que antes. Es la bendita competencia -no sólo a la hora de exhibirse-, la prueba de fuego que en esta sociedad concede el valor a una persona haciéndola merecedora de una vida auténtica. Ya no hace falta levantar y mantener unas instalaciones para una plantilla de trabajadores, ni organizar o planificar secciones, departamentos, organigramas de trabajo o jornadas laborales, ni diseñar atuendos y condiciones de trabajo, ni crear una sección de proveedores a costa de más negociaciones, ni preocuparse de nóminas e impuestos; el empleador -el capitalista privado de siempre- ha redescubierto la libertad para el empleado ofreciéndole el uso de su tiempo como le dé la gana, es decir, para que trabaje lo que desee, se procure sus instalaciones, la gestión de su negocio, su ropa de trabajo, su medio de transporte o regatee con sus propios proveedores; también pague sus correspondientes impuestos o disfrute de sus horas y días de asueto y vacaciones cuándo, cómo y dónde le apetezca. El colmo de los beneficios privados. Lo que ocurre es que ahora su directo competidor es su antiguo compañero, que juega con sus mismas cartas y tiene los mismos objetivos, a los que dedicará, si es menester, mucho más tiempo, esfuerzo y recursos, o zancadillas, con tal de conseguir más a costa de lo que fuera, porque, y ese es el mayor éxito de lo privado, las veinticuatro horas de su vida privada son su vida laboral.
Mientras, las antiguas empresas se van reduciendo a auténticos laboratorios de gestión y manipulación del mercado en contacto directo con los gobiernos y los principales organismos económicos internacionales, aguardando cómodamente a los vencedores de las luchas fratricidas de abajo para despojarles o arrebatarles legalmente los frutos de su privada libertad, disponiendo en su propio beneficio de los royalties que deriven del esfuerzo de aquellos. ¿Han pensado en la proliferación de pequeños negocios y servicios de veinticuatro horas dedicados a todo tipo de reparaciones y trabajos? ¿o en esos 24 horas con cuatro estantes, muchos de los cuales subsisten de procurar alcohol para el botellón de los más jóvenes?
Más, ¿para qué solicita una página o publicación on line de sus visitantes o lectores opiniones, noticias, narraciones de viajes, fotografías, etcétera, sino para quedarse con las mejores y disponer de ellas a su antojo? ¿cuánto se ahorra en redactores, enviados, fotógrafos y demás si tiene a millones de individuos compitiendo por hacer que el suyo sea el trabajo seleccionado? Qué orgullo para el elegido, que de inmediato perderá los derechos -la inevitable letra pequeña-, lanzándose con más pasión si cabe por el siguiente. ¿A quién reclamar por este mercadeo si el dueño del propio trabajo y sus problemas es uno mismo? Apenas hay tiempo disponible, aparte de desconocer los medios y lugares para hacerlo. Es tiempo privado que uno se ha de quitar para… o comprar a otros, pero entonces…