La apatía de un ‘nini’, así titulaba hace unos días en su primera página un diario nacional el retrato de un joven víctima de la despiadada dureza de estos tiempos que corren. El desafortunado protagonista era un muchacho de veintitrés años, muy mal estudiante desde la infancia que, tras conseguir el graduado escolar por obligación en una escuela de adultos, en la actualidad se dedicaba a gastar su tiempo entre la cama, el televisor y la PS4, además de acudir semanalmente al gimnasio. El chaval se confesaba desencantado y apático, suspirando en su nido por un trabajo limpio y aseado hasta que llegara el tan deseado ‘enchufe’ salvador. Poco más.
Las opiniones o valoraciones acerca de este despropósito por desgracia tan extendido, que no noticia, pueden dar pie a multitud de posicionamientos, y sobre o en referencia a él se puede hablar, discutir, criticar, acusar, exonerar, maldecir, señalar, justificar, llorar, tirarse de los pelos… en fin, lo que cada cual desee, probablemente nunca nos pondríamos de acuerdo. ¿Por qué? ¿Existe un culpable o causante de ello?
¿Es culpable esta sociedad nuestra que constantemente engendra infinidad de casos semejantes y sobre la cual ya se ha dicho más de lo que cabría, con la desagradable impresión de que siempre será poco? En parte sí. Una sociedad adormilada que ha aceptado sin rechistar la conversión por parte de una economía depredadora de cada ciudadano en carnaza, haciendo de cada individuo, desde que tiene uso de razón, un consumidor pasivo e inerme al que asediar y agobiar sin piedad a través de unos medios, que dicen de comunicación, sostenidos por una propaganda feroz -la misma que mantiene el cinismo de una información que por un lado te habla de aspiraciones, derechos, democracia y libertad y por otro te machaca y humilla con millones de falsos e interesados ejemplos de lo que podías ser y tener pero jamás podrás alcanzar. En ella los ciudadanos son víctimas, y no precisamente potenciales, de una incesante avalancha de consignas e imágenes encargadas de someter voluntades desde sus primeros años de vida, condicionando sin piedad sus presentes y maniatándolos a un futuro impuesto que nunca les sonreirá, reos de un castigo infinito del que nadie puede escapar, sobre todo porque ya no quedan en este mundo lugares donde refugiarse.
Pero ¿también es culpable el individuo o en estos casos se le puede o debe eximir de su posible culpa? Dos cuestiones más acerca de ello. ¿En qué porcentaje sería el muchacho del reportaje inocente o culpable de su situación? No se trata de un chaval sin medios ni recursos. ¿En qué porcentaje son sus padres inocentes o culpables por su situación? Tener un hijo es, aparte de la inconsciente y caprichosa voluntad de Dios, una elección voluntaria que obliga a los progenitores a responsabilizarse en cuanto a cuidar, educar, enseñar qué significa respetarse a sí mismo y hacer cuanto esté en su mano por dejar en el mundo a un adulto responsable y feliz.
Unos vienen a este mundo disponiendo de medios y otros no, lo que quiere decir que a unos les cae todo regalado y otros han de currárselo, si es que quieren abrirse camino en lugar de echarse a llorar hasta que alguien les rescate; unos han dispuesto de unos padres que no hicieron dejación de sus funciones y se esforzaron hasta lo indecible por sus vástagos y otros tuvieron que soportar a unos padres que no se aguantaban a sí mismos y siempre andaban con excusas de trabajo, tiempo o dinero, cualquier cosa con tal de eludir responsabilidades y evitarse problemas; unos piensan que la vida es una cuestión de azar y una persona un barco a la deriva desde que nace, en el peor de los casos un pelele azotado por un océano salvaje de contingencias que tarde o temprano te acabará tragando, y otros que eso de la apatía y la motivación necesarias para vivir son, en más casos de los deseables, engañifas para justificar voluntades débiles y prisioneras, luego todo se reduce a la fortaleza de la propia voluntad.
Para empezar a entendernos no podemos dejar las preguntas sin solución por miedo a herir sensibilidades y darnos la vuelta por que en el fondo cualquier asunto que no sea nuestro ni nos importa ni nos afecta, total, otro más. Si el primer paso para una curación o para salir de una dependencia es determinar y/o reconocer que existe un problema o uno sufre una enfermedad, en este caso sería exactamente igual; y sin convertirnos necesariamente por ello en dedos acusadores ni por temor a hacer de hermanitas de la caridad hay que delimitar sin rubor las preguntas, las responsabilidades y los porcentajes, si fuera preciso, pero en cualquier caso lo que no hay que olvidar es la obligación de cada cual a hacerse sujeto principal de su felicidad o desgracia y primer responsable de alumbrar su futuro.