Olas

La extensa playa recibía al visitante alegrándolo con unas olas atractivas para disfrutar, había espacio de sobra, cabían todos, sin agobios ni construcciones violentas e impertinentes alrededor, el aficionado al mar podía gozar de un día limpio sobre la arena acompañado únicamente por el océano y la montaña, lo que suele catalogarse como un lugar ideal. Sin embargo, a esas horas de la tarde la gente se dejaba llevar de la mano del sol en su camino hacia el ocaso sin que al parecer a nadie le apeteciera dejarse acariciar o revolcar por las olas. Una pequeña familia llegaba y saltaba inmediatamente al agua dispuesta a divertirse, lo que hacía que, animados por su ejemplo, algunos de los que se solazaban en la arena también se decidieran a atreverse con las olas. No pasó mucho tiempo para que los nuevos y alegres bañistas advirtieran, al intentar sortear una ola, los numerosos puntos negros que unos metros más adentro se mecían con el ir y venir del oleaje, aparentemente esperando; se lo pueden imaginar, eran surfistas, dato que además constataron con rapidez cuando uno de ellos se les vino encima intentando auparse sobre una pequeña ola. Esa era la cuestión, los surfistas, la gente aguardaba sin bañarse porque estaban los surfistas, y los surfistas necesitan mucha playa, hasta tal punto que en muchos casos se trata de una actividad que no concuerda muy bien con el baño común y corriente, su mar es distinto, incluso muy distinto. Había bastantes puntos negros de neopreno mar adentro, a unos cincuenta o sesenta metros de la orilla, aguardando, supongo, una ola o la ola, al parecer algo difícil de conseguir porque solo eran unos pocos los capaces de alzarse sobre alguna para lograr mantenerse sobre ella escasos segundos… y vuelta a empezar, y así sucesivamente. Había muchos más ocupando la mayor parte de la longitud de la playa, motivo por el cual los que no iban de negro debían contentarse con mirar o entretenerse con la arena; otros acudían y estiraban concentrados sobre la arena antes de enfundarse completamente de negro, agarrar la tabla y avanzar mar adentro. Esa era la película mientras la tarde se iba.

El porcentaje de puntos negros capaces de subirse a una ola era ínfimo y el tiempo que estaban arriba los que al fin lo conseguían mínimo, el resto consistía en esperar balanceándose al compás de la superficie del mar, y de no ser por el neopreno que recubría sus cuerpos imagino que la mayoría habría acabado con hipotermia, ya se, por eso lo del neopreno. No sé si soy capaz de imaginar la sensación de subirse a una ola, probablemente los expertos y menos me dirían que no tengo ni puñetera idea -callado estoy más guapo-, porque se trata de una sensación especial, indescriptible, increíble y única -hay ya tantas cosas y experiencias únicas e increíbles, o irrepetibles, que comienzan a ser multitud, debido a lo cual, creo, resultaría obligado redefinir los significados de ambas palabras o empezar a sospechar de toda cabecita que considere de exclusiva propiedad su derecho a lo único e increíble, o todos lo somos y, consiguientemente, hacemos cosas únicas e increíbles y entonces esto es jauja, faltan primeras páginas, además de un poco más de humildad. También pudiera ser que cabalgar sobre las olas fuera una actividad o afición sólo apta para los auténticos amantes del mar (?) -los exclusivismos de siempre-, lo que ustedes quieran, pero siempre es complicado exigir y atribuirse prioridades en un lugar abierto, donde los que no son o hacen lo que la mayoría han de largarse porque pueden correr peligro. Hay muchas formas de disfrutar, como hay modas y aburrimiento.

En el fondo esta situación no es nada extraña, he visto a gente salir pitando de otras playas en peores circunstancias para los simples aficionados al mar, en una de ellas los esforzados tipos portaban tablas, velas, neopreno, por supuesto, complicados arneses, cascos, algunos con cámara incluida y un sinfín de utensilios especializados e indescriptibles que probablemente en conjunto significaban una buena cantidad de dinero -allá cada cual-; pero lo que allí era completamente imposible para una persona corriente era meter un dedo en el agua, la playa era completamente suya, el resto miraba, obligatoriamente.

 

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