Para empezar, pienso que los reyes y los reinos son para los cuentos y las novelas, esta vida no necesita de sangre divina ni de celestiales baluartes, tampoco de símbolos regios, de momento y a la vista de cómo nos van las cosas, más mal que bien o tirando a regular, parece que nos bastamos solos.
Hecha la aclaración entro en faena. De todos es sabido que en la actual sociedad occidental una imagen es la principal tarjeta de presentación de cualquier persona o acontecimiento, no por aquello de que una imagen vale más que mil palabras sino porque, unos por otros y al final entre todos, hemos hecho de la imagen el principal referente para todo lo que, si puede decirse así, existe o es en este mundo. Pues bien, si alguien vio el último partido preparatorio para el mundial de la Selección Española de Baloncesto pudo advertir que en la primera fila, a pie de pista y no en el palco de autoridades, vestido y confundido con el público, se hallaba sentado disfrutando del encuentro el actual “Rey de España” -deténganse un momento y piensen en la Historia y cómo han tenido que estudiar y considerar a los reyes hasta ahora-, un tipo joven de aspecto normal que en muy poco o nada se diferenciaba del resto del personal que acudió al pabellón. Y por si fuera poco, ese mismo tipo acabó estrechando, una a una, las manos de los jugadores al final del partido, y a juzgar por las caras y los gestos con algunos de ellos, podía adivinarse algo más que protocolo, hasta el punto de que no hubiera extrañado que después se hubieran ido a tomar unas cervezas juntos. Esa es la historia y esa es la imagen, y a partir de ella, y que cada cual aguante su vela, es casi seguro que si ahora mismo se celebrara un referéndum en este país para que la población eligiera entre monarquía y república, la monarquía ganaría por goleada. Alguien ha acertado de lleno a la hora de acercar a la población una institución que, al margen de su simbolismo y significados, es capaz de transmitir a la gente una proximidad y naturalidad con la que cualquiera podría tropezarse en el rellano de su propia escalera.