A la hora de dar con las soluciones el analista más capaz dirige su trabajo hacia los principios más elementales, la simplicidad suele ser sumamente clarificadora. Tal premisa es válida en cualquier campo de estudio o investigación, independientemente de que la cantidad y superposición de elementos intervinientes acabe embrollando las cosas, sobre todo en lo referente a las cuestiones humanas, lo que no invalida lo anterior, todo lo contrario, sino que obliga al investigador a hilar mucho más fino para llegar a esas causas primeras, cómo se mezclan, se solapan, ocultan, imponen y suplantan unas a otras, consciente e inconscientemente.
Luego, como no podía ser de otro modo, las complicaciones están aseguradas, así como los obstáculos, la penumbra y las intrigas, ya que, miremos hacia arriba o hacia abajo, la partida se juega hasta en las plazas más pequeñas. El más ignorado de los hombres comienza el día cargando con un “estado de ánimo” -si puede decirse así- que tiene que ver tanto con sí mismo como con el exterior, el mundo que le rodea, su mundo, y en función de sus instintos y reacciones más básicas y obvias se siente capaz de llevar con mejor o peor fortuna las horas que tiene ante él. De tal estado de ánimo dependen tanto su realidad más inmediata como esa otra que gusta imaginar y con tanta facilidad se llena de sueños y esperanzas; qué porcentaje juegue cada una de ellas en su disposición delimitará un carácter que unir al resto, a millones de ellos, tanto para asentarlo como voluntad y deseo propio como para convertir la misma vida en el cautiverio de una huida hacia adelante.
Estado de ánimo, pareja, hijos, amistades, trabajo, aspiraciones, deseos, sueños, votaciones… y mucho más. Tal vez es demasiado pero es lo que hay, y pueden añadirle lo que deseen, ADSL infinito, vacaciones en las Maldivas, la independencia -de lo que nunca fue, es ni será de uno-, la república, la bandera, Call of Duty XXII, la corrupción, el Real Madrid, Beyoncé o redimirse de la pobreza a costa de la violencia; inventos, desafíos, proyectos e ilusiones impuestas desde fuera que pueden acabar maniatando y casi asesinando al inquilino, inútilmente embarcado en una frenética actividad para la que no todos están capacitados o saben llevar con buen tino, por eso muchos necesitan descansar y apalancarse en lo que consideran más cómodo, o más seguro, o más fácil, o menos complicado… o nada, cerrando incluso sus vidas a cal y canto, a veces contra sí mismos, de tal modo que llegan a asustarse con el vuelo de una mosca. Una batalla que mientras se permanece vivo jamás estará ganada. Precisamente para eso se inventó el demonio, para calmar la angustia que genera el no llegar, culpando así al maligno -que adquiere infinitas formas, según época y conveniencias- de lo que nunca debió ser, mágica acusación que exonera y finalmente obliga a conformarse con lo que no se tiene porque podría haber sido peor, y el mismo tipo se mira las manos vacías y no sabe si llorar o seguir pidiendo antes que caerse muerto, o dejarse morir sin rechistar, acojonado por los ladridos de buitres y dinosaurios pregonando a diestro y siniestro que este mundo que tenemos es el único posible, o ellos o el caos, sagrados salvadores de la nada. ¿Entonces?
Afortunadamente no hay un solo mundo, los hay infinitos, y cualquier cambio significa una puerta abierta que debería entusiasmar. Las cosas nunca tienen por qué ir a peor si somos nosotros quienes decidimos acerca de ellas, siempre podremos rectificar en función de nuestros deseos, los que más importan, los que nos hacen despertarnos cada mañana sin que nos avergüence levantarnos de la cama, confiados en tantos pequeños y grandes proyectos, individuales y colectivos, que nada tienen que ver con imperios ni delirios de grandeza, sino con realidades al alcance de la mano, porque también sabemos que a medida que ampliamos el radio de nuestra experiencia la mezcla de vidas, proyectos e ilusiones será mayor, y eso sí que es interesante, y a cuantos más podamos incluir en el mismo proyecto común mucho mejor, porque entonces aprenderemos a dejar y recibir, a aceptar, rectificar y entender, aunque no a comprender, a ayudar y a colaborar, a no dejarnos engañar y a llamar a las cosas por su nombre.
Tal es la titánica tarea, llevar adelante la propia vida además de luchar contra un paisaje de monstruos que sólo piensan en sus ombligos, llámense FMI, la patria, la extinta soberanía popular, la casta -tan de moda-, los marcianos, la tribu, los míos, etcétera. Y el campo de batalla es la política, que no los políticos, porque, en este país desde el que escribo, díganme qué elegir entre: nostálgicos de la dictadura que no merece la pena ni mencionar, una falsa derecha -“los fachas”- descendiente del franquismo que nunca fue democrática y que únicamente vela por el rey, la iglesia, sus privilegios y el Ibex35; una derecha llamada PSOE que hace tiempo olvido sus logros y orígenes y ve cómo se le hunde el suelo bajo sus pies por meterse en terrenos que no son los suyos -porque para defender a capa y espada el statu quo capitalista ya está la derecha tradicional, aunque no la española-; unos partidos nacionalistas inventados por oligarquías regionales ansiosas por heredar títulos y prebendas a costa de historias de otras épocas que sólo ofrecen el enfrentamiento con el vecino de al lado, al que ahora hay que odiar como enemigo porque no piensa igual, obligándote a seguir sus consignas o a irte de tu casa -curioso concepto de libertad el suyo. Una izquierda que se dice unida incapaz de respirar al margen del PC de toda la vida, un partido viejo que todavía no ha admitido que la gente, equivocada o no, prefiere la vía actual a la que ellos ofrecen, que en ciertas zonas del país ha perdido su perspectiva internacional y solidaria para aliarse con caciques locales y así acceder al poco dinero que necesita para vegetar, que no vivir; o partidos con nombres de última hora o nombres que han inventado un partido para hacer de jefe. O nuevos partidos que, apenas nacidos y ya olfateando el éxito, todavía han de dar los primeros pasos para autoconstituirse, para lo cual tienen que decidir qué es lo que quieren, supongo que algo más que seguir como bufones de plazas y mercados vendiendo una sospechosa y exclusiva pureza habituada a tildar de sucio burgués a todo aquel que no piense como ellos, aún perdidos en asambleas infinitas incapaces de acordar diez puntos comunes por los que empezar a trabajar y atraer a otros a su suerte, además de tener que aguantar toda la mierda que los viejos partidos van a soltar sobre ellos al ver peligrar sus sillones… lo siento, he perdido a la gente, pero ¿creen que tiene tiempo y capacidad para ilusionarse con esto?