El cine también es la solución a muchas tardes cuesta arriba, aunque moleste a algunos aficionados al mismo, por eso es el socorrido recurso a los domingos lluviosos, cuando hace frío o no hay nada mejor que hacer, independientemente de otras opciones o, peor aún, cuando llega el cansancio provocado por tanto y tan empalagoso te quiero o porque, definitivamente, no había mucho más que decir. Y el que una película española que no se revuelca en el cutrerío y la grosería más casposa, muestra sangre por los cuatro costados o trata de llamar la atención con una catástrofe apocalíptica -o en la que simplemente trabaja ese actor que sale en “la tele”, o esa actriz rubia que solo sabe hacer películas de terror-, esté llevando a tanta gente a las salas de cine costeándose de su bolsillo la entrada es algo importante, o al menos a tomar en consideración. Que Ocho apellidos vascos llene salas y siga engordando recaudaciones se debe principalmente a que no hace sino mostrarnos tal y como somos, eso sí, a pesar de la excepcionalidad del terruño de cada cual y su singularidad única en el mundo, porque ya lo sabemos y estamos hartos de oírlo, como la tierra que a uno le vio nacer ninguna -la misma historia de siempre-, y el que diga lo contrario es un capullo traicionero que intenta ofender con envidiosa malicia; por aquí seremos semejantes o parecidos, pero iguales jamás, faltaría más.
El sur, el sol, el anticiclón de las Azores, los Pirineos, los curas, los toros, las temperaturas extremas, los chistes, el gusto por la comida y la bebida, la devoción localista, la juerga y el estar mucho por la calle -llámese también el santo de turno, la virgen que toque, la romería de todos los años, la ofrenda al patrón, la sangrante conmemoración o el sentido homenaje a la patria- nos definen en todo el mundo más de lo que a algunos -no sé cuántos- nos gustaría. Tanta coincidencia nos ha hecho directos y curiosamente espontáneos, amables pero un poco secos, dados a las bravatas -en algunos casos algo fantasmas-, más incondicionales, auténticos y fieles que Dios y en general más provincianos de lo deseable; muy dados a poner los cojones encima de la mesa y aficionados a una chulería demasiado recurrente al “y tú más” y el “qué te has creído”, lo de mi pueblo sí que es de verdad, eso sí que son tradiciones, ese plato como en mi pueblo en ningún sitio, etcétera, etcétera, etcétera.
Afortunadamente el guion de la película está escrito con un lápiz y un pulso muy fino, tan fino que apenas sobresale el trazo sobre el papel -tampoco el más grueso-, incluso podría pasar desapercibida; a lo que sumar una dirección que pasea al espectador sin fatigarlo hacia un sonriente final despojado de toda pretensión superflua, no es una gran obra pero si un buen entretenimiento que permanece en una media sonrisa que lentamente se va deshaciendo en el olvido. Un guion y una dirección que sostienen la atención del espectador sorteando sin estridencias potenciales malos modos, controlando o evitando desviaciones demasiado fáciles y previsibles, eludiendo con prudencia y acierto salidas de tono innecesarias, discriminando con buen tino cualquier desproporción en cuanto a bromas pesadas, ignorando una infinidad de posibles excesos y dejando en la estacada al chiste destemplado que aburre y empalaga cuanto toca cuando prolifera sin venir a cuento. En el fondo da igual que el tema sean los vascos o los andaluces -como si por aquí no hubiera chistes para todo el mundo-, porque cualquiera que hubiera sido el blanco elegido no habría gustado a los retratados; hay que dar por supuesto que habría faltado a la verdad, en el mundo real los protagonistas no actúan así, en la película se muestran unos estereotipos tendenciosos e insultantes etcétera, etcétera, etcétera. Tan dados como somos por aquí al rompe y rasga, más de uno habrá puesto el grito en el cielo tildando a la película de ofensiva, malintencionada, españolista y blablablá.
Por mucho que duela a algunos a este lado de los Pirineos son más las coincidencias que las diferencias entre sus pobladores, o tenemos eso claro o simplemente nos estamos equivocamos. Es necesario salir algo más del terruño, visitar otros pueblos y aprender que las diferencias son matices que en más ocasiones de las que creemos no merece la pena tener en consideración, importa más lo que nos une, lo que nos hace iguales, lo que posibilita el entendimiento antes que las siempre discutibles cuentas pendientes, muchas de ellas imaginadas o inventadas a conveniencia, fruto del miedo, la desconfianza, la vanidad o un resentimiento sin nombre ni origen conocido que suele crecer o cultivarse por intereses ajenos al presente de las cosas.
Como suelo equivocarme no me importa rectificar cuando viene a cuento, lo que no significa que pueda decir lo que me venga en gana sin tener en cuenta el lugar del que provengo y la gente que me rodea, pero al menos estoy tranquilo acerca de una cosa, no merece la pena enfrentarse al vecino de forma gratuita porque, afortunadamente, estamos obligados a vivir en común.
Algo más respecto a la película, habrá secuelas, con lo que nos podemos esperar cualquier cosa.