Por fin parece que los cielos vuelven a abrirse, el sol ocupa su lugar a la vista más tiempo que de costumbre, hasta ahora, y los grises vuelan lejos sin que haya espacio para más, no preocupa su vuelta, de momento no, hoy ya es primavera y no hay por qué darle más vueltas. Es tiempo de celebraciones, de fiesta y regocijo que el hombre, desde que aprendió a leer las trayectorias del sol, viene conmemorando aliviado porque al fin el frío haya quedado definitivamente atrás, el siguiente está muy lejos y ahora nadie quiere pensar en él. Los días son más grandes, los pasos se hacen más cortos para poder disfrutar mucho más del paseo, hay más pájaros que solía porque también para ellos el tiempo les ha vuelto a abrir la puerta y lo celebran con menos rincones que nosotros. Sin saber por qué a más de uno le apetece sonreír algo más que de costumbre y con aquel con el que nunca nos hemos llevado mal del todo pero al que le cuelgan más peros de los que debieran apetece saludarlo aunque no nos dirija la palabra, allá él. Incluso los problemas lucen menos oscuros con tanto sol, aunque en el fondo sepamos que no por ello van a cambiar ni a desaparecer, pero en todo problema la mirada es parte del mismo y si la mirada cambia el problema no cambia pero se muestra menos impenetrable, algo menos opresivo y más humano, lo que también invita o permite meterle mano de otro modo, o quizás darle la vuelta, o volverlo a mirar por sí algún cabo suelto permite tirar del hilo hasta deshacer tan fea y áspera madeja.
Junto a las ganas de celebración parece que no hubiera tiempo ni lugar para las caras largas o las miradas torvas, ni para echarse a llorar por algo o alguien que no sea real, aunque, ahora que lo pienso, no todo es alegría por estos lares, la Iglesia ya se encarga de ensombrecer tan buen ánimo con sus celebraciones y amenazas, sentencias y advenimientos. Hace muchos siglos algunos de la casta de sus gerifaltes con muy mal carácter y permanentemente resentidos, además de con una desconfianza supina en el mundo y una envidia corrosiva hacia el hombre feliz, como no podía ser de otro modo, decidieron que había que matar la alegría que procuraba gratis la naturaleza acotando o impidiendo que tanta y franca celebración por el cambio de estación llevara a la gente a amarse un poquito más, tal vez por eso decidieron implantar entre verdes y flores una semana trágica que disuadiera a tanto ingenuo y espontáneo desaprensivo de salir a la calle y festejar con su vecino. Y no se les ocurrió nada mejor que marcar por los siglos de los siglos a sangre y fuego el equinoccio de primavera de forma que se hiciera inolvidable, no por el júbilo que conlleva su misma llegada, sino por haberlo convertido en el centro de una simbología nefasta y agorera encargada de sofocar el ardor y la alegría que el plácido tránsito de la tierra concede mágica y gratuitamente a todo bicho viviente. Eso es la por aquí llamada Semana Santa, aunque en la actualidad, con más sabiduría de la esperada, la mayoría de la gente haya decidido tomársela a la ligera convirtiéndola en un periodo para viajar y divertirse en contra de tanto agorero sentencioso y amenazador que ve con recelo y reconcomio cómo hasta los más píos, también los más hipócritas, tienen que vender las misas y procesiones no como actos de recogimiento y penitencia, sino como si fueran una fiesta -como cualquier otra fiesta pagana- que intenta atraer a todo aquel despistado con licencia, valor y cartera para disfrutar de las alegrías por llegar de otra nueva primavera. Por eso no deja de ser curioso que en tantos lugares de este siempre conflictivo, rural y primitivo país el españolito de a pie se niegue a responder con tristeza y pesadumbre a esta semana de pasión que sólo sirve para que cuatro amargados y resentidos se dediquen a darse golpes de pecho públicamente maldiciendo al mundo y su pagana sinceridad mientras con la otra mano venden el sacrificio y muerte de un mito que ya sólo es útil si deja dinero en caja, da igual que quien lo suelte sea ignorante, ateo o foráneo; corren tiempos en los que la única forma de llegar a los demás es por el bolsillo y si ellos no vienen voluntariamente habrá que seguir condenándolos por los siglos de los siglos pero venderles lo que, si fueran sinceros y creyeran lo que predican, saben que es pecado convertir en vendible.
Pero aunque la Iglesia sea incapaz de vivir sin condenar y envidiar a medio mundo por ignorar sus santas admoniciones no dejaremos de disfrutar obviando sus amenazas, todavía estamos aquí, intentemos vivir felices.