Son las siete y media de la tarde y el templo, en una pequeña capital de provincia, viste de gris y casi vacío, los bancos salpicados por unas veinte personas, la mayoría mujeres de edad y algún hombre también entrado en años, que inclinan la cabeza ante las palabras de un sacerdote sentado tras el altar, imagino que debido a algún impedimento o indisposición física; el anciano sermonea y conduce la ceremonia entre loas y santos, vírgenes santísimas, ascensiones a cielos excelsos e incomprensibles y profusas menciones a Dios y a su hijo Jesús como único camino para redimirse de esta dura y desagradecida vida que, para nuestro infortunio, nos ha tocado padecer a los hombres. Los feligreses rezan y cantan a las piedras de una construcción no tan antigua como las profecías y supuestas revelaciones que incansablemente difunde su representante, restos de viejas creencias erigidas sobre el temor y la ignorancia y sostenidas por una fe egoísta y maquinal, vestigios humanos sometidos a la tiranía de un absurdo oscuro e impenetrable; una gran parroquia formada por personas que en algún momento de sus vidas decidieron, en contra de todo lo humano, permanecer en la santa ignorancia y el fervor a un cielo que nadie ha visto jamás, llevando cada cual su propia existencia como si fuera una penitencia obligada a la espera de la visión de un Dios particular que probablemente no coincidiría ni siquiera en dos de ellos.
Son las siete y media de la tarde y en el observatorio astronómico de la pequeñísima población de Borobia un grupo de unas quince personas, entre niños y adultos de mediana edad, atienden en silencio al astrónomo encargado que les instruye con verbo diestro y ameno acerca de los progresos de la ciencia y de cómo gracias a la imaginación, perseverancia y trabajo de un puñado de hombres a lo largo de la historia la humanidad ha ido avanzando hasta el actual presente; cuenta también cómo las ciencias del cielo fueron poco a poco abriendo puertas a las generaciones siguientes, destronando mediante pruebas concluyentes e irrefutables a enemigos arrogantes y maliciosos y desterrando supersticiones hasta demostrar mediante evidencias científicas que el origen del hombre, cada uno de los átomos que forman su cuerpo, proviene de las estrellas -algo que suena muy, muy bonito-. El lugar es pequeño y hace frío, pero la atención general ante las maravillas y descubrimientos que sigue desgranando aquel hombre no decae, todo lo contrario, va en aumento a medida que se va aproximando el final cuando, tras sus inteligentes y certeras palabras, el guía invita a los presentes a observar a través del telescopio, uno a uno, el increíble espectáculo de las estrellas en una comunión única entre la grandiosidad del firmamento y la valerosa insignificancia del hombre aquí en la tierra.
Ambas ceremonias se mueven en universos distintos a pesar de ser simultáneas en el tiempo, la primera responde a un mundo antiguo, atrasado y trágico del que apenas ya nada puede decirse hoy y solo cabe aceptar con resignación apoyándose en la esperanza de una fe insensible.
La segunda ceremonia, en cambio, es a la vez pasado, presente y futuro, una particular celebración encargada de mostrar y constatar el enorme valor de unos hombres y, por extensión, de una humanidad que en su inmensa pequeñez ha sido y todavía es capaz de levantar la cabeza para contemplar el hermoso cielo y preguntarse sin miedo, porque lo que es y a lo que aspira también se perderá en las estrellas para crear otros mundos. El presente es de éstos, el futuro también, todavía hay esperanzas.