(USA) 5. Noche

Estamos en Dumbo oyendo, viendo, sintiendo y prácticamente respirando con cada centímetro de nuestro cuerpo mientras el agua del East River muere mansa en la orilla, a nuestros pies, pero no parece agua, sino una lámina oscura salpicada de reflejos plateados sojuzgada, en una especie de condena rutinaria y predecible, por la abrumadora carga de una humedad que nos confina, también a nosotros, en contra de nuestra voluntad hasta casi convertirnos en auténticos anfibios, obligándonos a respirar por cada poro de nuestra piel; la insólita y mortecina placidez de la oscura lámina que nos separa de la isla pinta forzosa porque es impuesta sin condiciones, a todo lo que se mueve esta noche por la superficie de esta tierra, con tan solo la vista como único sentido capaz de desasirse y volar intentando alcanzar las estrellas. No tenemos otra opción, charlamos, paseamos o permanecemos quietos enfrentados a la silueta de una ciudad dibujada en negros y sombras perforadas por una infinidad de brillos y resplandores empeñados en una extenuante porfía por gobernar la noche, toda la escena contenida en la densa gelatina de una humedad que es algo más que saturación del aire, no hay gas. Manhattan y los que contemplamos su perfil desde la otra orilla, el río y el aire que nos sofoca formamos una única argamasa, casi puede decirse que a pesar de las distancias estemos definitivamente en contacto, sin “atmósfera” que nos separe; se me ocurre que esta agua no puede ser refrescante, la densidad del aire la ha despojado de sus habituales cualidades, está allí sólo como un espejo mudo e inquietante caprichosamente salpicado por millares de destellos cambiantes, vuelos indescifrables insinuando la negra superficie. Esa pesada sensación de proximidad tan difícil de describir soslaya la cesura que el río impone, si prolongáramos la mano los dedos tocarían los edificios de enfrente y nuestro oído es incapaz de distinguir matices recluido en el interior de un oscuro y sordo murmullo general que hace que aquello sea esto y esto aquello. Y entre la misma contemplación pasa un barco-fiesta o barco-disco, o barco-sala de fiestas en el que pueden distinguirse luces y gente bailando y bebiendo también al alcance de nuestras manos, protagonistas de un entusiasmo compartido que más que diferenciar un nosotros y ellos nos hace sentir que el instante y la noche son los mismos y que la única diferencia es el lugar que ocupamos en la superficie del mismo cuadro.

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