Que el simple nacimiento de un niño arme tanto revuelo es inevitable, porque la venida al mundo de un nuevo habitante siempre es importante, se trata de alguien más para celebrar y compartir, tal vez un talento único, el futuro creador de un invento esencial a partir del cual comenzará a hablarse de un antes y un después en la historia del hombre, el posible descubridor de la cura definitiva que introducirá a la humanidad en lo que pasará a denominarse una nueva era, un portento físico, un virtuoso de la música, un artista extraordinario, un cerebro prodigioso, un excelente conversador y el mejor amigo de sus amigos, un padre modelo, una máquina sexual, el próximo enemigo público número uno, una buena persona… o un príncipe…
Y ¿qué es un príncipe? Según las definiciones más comunes, el primero, superior o aventajado en algo; título de honor que dan los reyes o heredero de rey, sucesor al trono…; pero ¿cómo se puede ser el primero o superior cuando, como todo recién nacido, se es algo completamente inútil incapaz de valerse por sí mismo? ¿en qué se diferencia éste del resto? Y en cuanto a reyes o heredero de rey, más de lo mismo, ¿por qué? ¿qué es un rey? ¡ah! un monarca o soberano. Pero todavía no está del todo claro, y si continuo por la parte de soberano las cosas parecen despejarse al principio: el qué ejerce o posee la autoridad suprema e independiente; sin embargo este paso también añade más confusión, y necesariamente surgen ¿por qué? ¿quién se la ha otorgado? o ¿cómo la ha conseguido?
Desisto, las preguntas no dejan de sucederse, las respuestas se volatilizan antes de tomar forma o son prácticamente absurdas y la situación poco a poco pinta más anacrónica e irreal. Alguien más avezado que yo tendría la solución a tanta pregunta simple, “porque las cosas son así”; a lo que yo me atrevería a responder: una de las cualidades más deliciosas de los niños es que son capaces de formular las preguntas más sencillas y directas con toda la naturalidad del mundo, esas a las que adultos muy adultos, aterrados y confundidos, sólo pueden responder, “porque las cosas son así”, “ya lo entenderás cuando seas mayor”; respuestas que sólo son mentiras, incompetencia, resignación y derrota. Por eso un niño no debe ser indiscreto y preguntar, porque no tiene por qué saber y extrañarse de que el único argumento que un adulto maduro y rendido tiene a mano para la mayor parte de todo lo que es algo o forma parte de su vida es que las cosas son así.
Bienvenido sea cualquier recién nacido, aunque venga con la etiqueta de príncipe colgando del cuello para disfrute de infelices, ignorantes e interesados en ese poder soberano, lo cual no explica ni justifica su anacronismo, sobre todo en sociedades supuestamente democráticas en las que las personas viven en libertad eligiendo a sus propios gobernantes o encargados de la autoridad -que nunca es suprema- y el poder soberano. Entre iguales no hay uno por encima de otro, y mucho menos a la hora de nacer, el resto son cuentos de poderosos para idiotizar a todo simple que se deje.