Los espectáculos deportivos son antes que nada eso, espectáculos, la mayoría de ellos poblados de jóvenes con más y menos cerebro -algunos auténticas e imberbes criaturas- jugándose el físico o la vida para negocio y enriquecimiento de patrocinadores y medios de comunicación; en el otro lado, en cada sofá del mundo, un hipotético y fracasado aspirante a campeón se regodea con las hazañas de su héroe mientras se mete entre pecho y espalda un cubo de palomitas. Este es mucho del deporte de hoy.
Hace una semanas, más o menos, uno de esos niños se cayó de la moto rompiéndose algunos huesos, fue inmediatamente operado, imagino que por personal muy cualificado y más que competente -pagaban medios y patrocinadores- y un par de días después volvió a correr entre presuntas lágrimas de dolor –dolor heroico, supongo-, engalanado además con la rastrera adulación, las pegajosas babas y los feos gritos de comentaristas lameculos, haciendo que el propio espectáculo no dejara de parecer o una fantochada de mal gusto o una mentira montada para ganar audiencia. Hay que estar muy grillado para especular consigo mismo de ese modo, ni héroe, ni gran deportista, ni gilipolleces por el estilo, una pobre criatura que no tiene a nadie que le aconseje con algo de cordura tampoco sabe donde para su mano derecha a la hora de decidir -supongo que con su irresponsabilidad le caería algo de dinero, que en definitiva es lo que contenta a gente tan simple y a patrocinadores tan codiciosos-. Los espectadores, con tal de que algo les entretenga frente a la pantalla aceptarán lo que sea, porque en el fondo no les importa lo que le suceda al tipo en cuestión, detrás hay más aguardando. Pues bien, en estos días el mismo joven se ha vuelto a caer de la misma moto y a cascarse los mismos huesos -comienzo a dudar de su pericia a la hora de conducir semejante máquina-, pero esta vez el niño, en lugar de volver a la pista y derramar más lágrimas de dolor para regodeo de babosos e intentar romperse nuevamente la crisma, ha tenido a bien permanecer en la cama, no sin advertir o aconsejar públicamente a otros más aventureros de que si por casualidad se hallaran en sus mismas circunstancias no cometieran la locura de correr inmediatamente e intentaran descansar y recuperarse de la operación hasta encontrarse en condiciones, ¡cuánta sabiduría!
Lo curioso de todo esto es que, ante la impasibilidad e indiferencia general de un público que cada vez suspira por espectáculos más vacíos y estridentes, niños como estos van y vienen como carnaza de promotores y medios de comunicación dejándose en ello, si no la vida física, sí una vida mal vivida o convertida a edad tan temprana casi en un fracaso, cuando apenas han empezado a caminar por este mundo; ¿dónde están sus padres? ¿por qué se empeñan en dilapidar las vidas de sus propios hijos obligándoles a intentar alcanzar lo que ellos no fueron capaces en las suyas? ¿Cuántas criaturas hay dispuestas a romperse la crisma por algo llamado fama y las cuatro perras que luego los buitres que les rodean les robarán sin compasión?
Si recuerdan el final de la película El show de Truman, cuando el protagonista descubre el engaño y da por concluida su representación saliendo del plató y dando fin a la emisión, al otro lado de las pantallas, después de llorar, saltar y alegrarse, los espectadores vuelven a su bocadillo mientras alguien dice con cara de aburrimiento, busca otra cosa en otro canal… este ha dejado de funcionar.