Libertad

Sucede que en este mundo la libertad suele confundirse y adquirir un alcance que va más allá de su mismo significado, me explico, si bien la libertad es la facultad de obrar o no a la que todo hombre aspira como sujeto libre, poseedor y propietario de un cuerpo físico con el que ha de practicar y sufrir esa misma libertad, un sustrato material que impone las condiciones a una potencia física o moral -además de tener que asumir las responsabilidades derivadas de lo hecho-, suele pasar que esa libertad, desgraciadamente y con más facilidad de la deseable, acaba confundiéndose o fundiéndose con el deseo, ese impulso intangible y difícilmente medible que no gusta atenerse ni ser condicionado por ningún sustrato físico propio o ajeno, siendo así que con frecuencia el hombre pasa sin solución de continuidad de supuestamente ser protagonista y responsable de sus actos como hombre libre a intentar a toda costa dar satisfacción a sus deseos más personales y egoístas, en muchas ocasiones desmedidos, en un permanente e irreducible intento por conseguir todo lo que aquellos apetezcan, olvidando o simplemente sin que importen las propias limitaciones físicas o materiales, tampoco las que los demás imponen o cómo interfieren con su misma existencia e iguales derechos, de tal modo que más de uno habla de libertad cuando lo que pretende con ello es satisfacer sus propios deseos.

El mejor ejemplo de lo que acabo de decir es el funcionamiento de la sociedad capitalista que actualmente gobierna el mundo, dirigida por unos señores que han trocado descaradamente su legítimo derecho a la libertad por el derecho a la inmediata satisfacción de sus más ambiciosos deseos de riqueza y poder, deseos que por supuesto pretenden colmar a toda costa sin que importen las circunstancias, cualesquiera que fueran, o la misma existencia de algo o alguien que se lo impida -aunque ese alguien sea el resto del mundo-, continuamente manipulando y exigiendo con total desfachatez e incluso violencia, a la vez que denunciando impunemente la “supuesta ilegalidad” de todo impedimento que “atente contra su libertad”. Se puede extraer más ejemplos, también a nivel individual, como cuando se confunde libertad, en este caso sexual, con el desaforado deseo tan masculino de follar las veinticuatro horas del día, cuándo, cómo y con quién sea, para lo que, si es preciso, se echará mano de todos los medios al alcance para conseguirlo, físicos y químicos, aunque al final el propio cuerpo claudique o fenezca en el empeño; lo más curioso de todo ello es que “estos afortunados”, una vez muertos, no volverán a repetirlo, además de que jamás podrán disfrutar de la felicidad de saber que han muerto follando, víctimas de un deseo que destruyó su propia libertad. O la libertad del que teniendo un cuerpo limitado, por enfermedad, accidente o nacimiento -como todo el mundo-, considera que su libertad tiene que ver con su deseo de llegar donde cualquier otra persona pueda hacerlo, para lo cual y sin considerar detenidamente su particular excepcionalidad, exigirá cambios y modificaciones en su mundo, cercano y lejano, beneficios según él indispensables y legítimos para lograr aquello que si se atuviera a sus propias limitaciones, como cada cual ha de hacer con las propias, no se plantearía conseguir, exigir o martirizarse por no poder llevar a cabo.

Estas líneas no pretenden sentar ningún precedente ni decirle a nadie lo que él o ella misma no quiera entender, sino reflexionar acerca de una de tantas confusiones que en este presente tan complejo que nos ha tocado vivir nos traen de cabeza haciéndonos con frecuencia perder los papeles sea cual fuere nuestra posición en el mundo, cómo nos regala, condiciona y limita nuestro casi perfecto organismo y qué queremos decir cuando hablamos y pedimos libertad, sin que nos preocupe de lo que nos responsabiliza esa petición y en qué casos es tan sólo deseo.

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