Chándal

Chándal: “Ropa deportiva que consta de un pantalón y una chaqueta o jersey amplios”, según la RAE, aunque luego, si sigo buscando, encuentro que la palabra proviene etimológicamente del francés chandail, jersey de los vendedores de verdura, y entonces me quedo pensando hacía dónde dirigir mis pasos.

Una epidemia general de aburrimiento -léase entretenimiento- y ocio físico asuela el llamado mundo desarrollado proporcionando la justificación suficiente para que a tanta gente le haya dado por sudar como posesos y maltratar sin piedad el propio cuerpo, una extraña fiebre que probablemente desaparezca tan rápida e inopinadamente como llegó -cuestión de modas, o sea, inventos para que el personal desempolve el poco dinero que le queda, no es cuestión de cuanto, sino de muchos-. Y de esta desesperada y absurda afición a automartirizarse -que nada tiene que ver con la cultura física- me interesa, entre la más variopinta, “indispensable” y sofisticada maquinaria y la prolija e infinita variedad de adminículos necesarios para cualquier práctica, una de las muchas prendas que cada hijo de vecino tiene que adquirir para homologarse estéticamente a la hora de practicar lo que sea. Y la gran estrella que tiraniza las vidas de tan esforzados ciudadanos es el chándal, una indumentaria que se atesora en grandes cantidades y que en más casos de los imaginables ha pasado a convertirse la prenda principal del armario; se tienen nuevos, viejos, modernos, de oferta, pasados de moda, chillones, gastados, del club de mus, regalados, del equipo favorito, del mercadillo etc., siendo usada para absolutamente cualquier cosa ¡son tan cómodos!

No creo que sea cuestión de equiparar a todos aquellos que visten chándal con verduleras, con lo que peyorativamente entraña el concepto verdulera, ¿o sí? podría resultar ofensivo -¡los hay tan caros y elegantes!-; aunque, sinceramente, soy de la opinión de que quienes se cubren con semejante prenda la mayor parte del día no muestran mucho aprecio por sí mismos, serían capaces de salir en pijama a la calle si cualquier departamento de marketing de alguna marca de renombre falto de ideas decidiera ponerlo de moda.

No obstante busco una razón para lo que quizás no la haya, pero me resisto a creerlo, tal vez sea el chándal el atuendo característico de gente con pocos recursos y menos gusto, miserable o simplemente tacaña, que persiste en su racanería a pesar de tanto mercadillo y de los millones de prendas a precios bajos y muy bajos a la venta, quien aún así no sea capaz de vestir con un poco de lustre es porque vive francamente perdido; y no merece la pena hablar de los chándal de diseño o las casi equipaciones futbolísticas que cuestan un ojo de la cara porque son originales (?), disfraces que elevan a su portador a una patética nube de jactanciosa y tribal imbecilidad. Las personas van adquiriendo poco a poco y a lo largo de su vida una cierta sabiduría o disposición -independientemente del contexto social en el que uno haya tenido la suerte o desgracia de venir al mundo, no vienen al caso situaciones extremas o extraordinarias- que las faculta y en algún modo obliga a cuidarse, arreglarse, engalanarse y mostrarse a los demás según posibilidades y criterios propios, por lo que el uso de una prenda tal, que más parece un uniforme de guardería de rápido quita y pon, pone en duda el sentido y significado que del respeto en general poseen dichos sujetos, no así el del ridículo, y más bien abona la idea de un nefasto y fácil abandonarse que tiene más que ver con la pereza y la desidia que con la comodidad propiamente dicha.

Más allá de cuestiones personales, de gusto, o de hacer lo que nos sale de ahí mismo resulta bastante penoso que adultos hechos y derechos vistan con gomas en la cintura y colores chillones -igual que bebés gigantes-, presuntamente informales o desarreglados, con cadena y perro o sin él, en el bar, viajando o de paseo, tan insulsos como felices. Existen los ejércitos, las cárceles y las celebraciones de pompa y tronío, lugares, momentos y situaciones en las que un protocolo siempre criticable obliga a los integrantes o intervinientes a vestir una serie de uniformes, amén de soportar un sinfín de formalidades, que cada cual muestra y lleva como le apetece, la supuesta representación en cierto modo obliga; pero que en pleno uso de su libertad haya personas elijan una prenda tan chabacana, anodina y ridícula -ni siquiera es la prenda principal en el deporte- para disfrazarse las veinticuatro horas del día no tiene una explicación sencilla, ¿o sí? Tiene que haber algún motivo más que la mera comodidad o la simple ausencia de gusto, tal vez pobreza de espíritu, sumisión y complejo de inferioridad, rigidez mental, falta de autoestima, mucha autocompasión y ningún sentido de la dignidad, o un desinterés y un desprecio tan grandes hacia sí mismos que de hecho enturbian o invalidan cualquier satisfacción o afición que esos tipos puedan disfrutar o manifestar públicamente. Lo que tampoco contesta a la pregunta, ¿por qué se denigran a sí mismas esas personas vistiendo ropajes tan infames?

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