Lléganse a la mesa, a la orilla de una gran playa andaluza en la que un luminoso sol reparte alegría, buenos deseos, indolencia y futuro entre los pocos humanos que han decidido disfrutar demorando su tiempo en esta hermosa, radiante y noble mañana de Enero, tres personas abrigadas hasta la frente con gruesas, oscuras y anodinas prendas de invierno, dos adultos y una muchacha que no alcanzará los veinte años -a todas luces extranjeros-; sentándose de tal modo que a la joven la tengo oculta tras la espalda de ¿la madre?, de la que distingo perfectamente la delgada silueta ahora enfundada en un también oscuro jersey de cuello alto, y al hombre dispuesto justo de perfil, luciendo una barba cana y una confiada media sonrisa que no presagia nada malo. Ojean la carta del restaurante con moderado interés e intercambian lo que tal vez sean opiniones, valoraciones y alguna negativa sin palabras y sin mucha convicción respecto a lo que supuestamente van a ingerir a continuación. Cuando el camarero les saluda y solicita de ellos la posible consumición o comida el trío, sin dudas ni tardanza, se aviene a pedir sin dilación; parecen prestos y decididos a la hora de la elección, quizás un poco indiferentes, ajenos e inexpertos a la dulzura del momento y el lugar. El luce, tras despojarse de la gruesa e invernal prenda de abrigo, una sólida camisa a cuadros, pantalones de pana, calcetines negros y unas botas tan ajustadas bajo el sol que no me extrañaría que comenzaran también ellas a sudar de un momento a otro.
Aparece el camarero en una segunda envestida depositando sobre la mesa un refresco de cola de una conocida marca internacional y dos cañas -sí, han leído bien, dos cañas- de negro café, de esos que suelen elaborarse en este país que, o te destroza el estómago o te lo limpia cual enérgica lavativa. La cosa ya comienza a sonar un poco rara. Mientras el resto de las mesas bebe cerveza, refrescos o algún blanco fresquito de la tierra, estas buenas personas se lanzan al café en cantidades masivas; no obstante siguen teniendo todos mis respetos. En la tercera tanda el camarero no trae nada para la joven, enfrascada en un teléfono inteligente probablemente preñado de obviedades, recurrencias, profundas pérdidas de tiempo y aburrimiento permanentemente pospuesto que el inevitable transcurso de las horas reconvierte en tiempo invertido que simplemente no ha existido ¡qué felicidad! -¿se imaginan?-, para la señora una ración de coquinas y para el caballero una ración de gambas de Huelva -¡casi na!-. El sol sigue apretando y algunos de los sometidos a su arbitrariedad comenzamos a sufrir sus rigores, por lo que buscamos con movimientos laterales y esfuerzos varios la sombra de alguna columna o pilar de los que soportan el toldo del restaurante. El señor de las gambas ni parpadea, el cuello de la camisa sigue igual de cerrado aunque el calor para él sea el mismo que para el resto. La joven persevera en sus simplezas, la señora imagino que anda lidiando con sus coquinas y su ¡caña de café!, y cuando regreso al señor, al que miro ya sin disimulo, éste acaba de coger una gamba de la que, sin perder en ningún momento la sonrisa, secciona limpiamente la cabeza dejándola caer en el plato, desprende también la cola abandonándola en el mismo lugar, separa y tira el exoesqueleto del resto del bicho y lo engulle en exactamente dos bocados, después viene un trago de café y a continuación la siguiente, que despieza con la misma rapidez y diligencia sin osar chupar, rechupar o absorber ninguno de sus sabrosos jugos, se la echa a la boca y con masticada y media la traga sin piedad ni salero… y así sucesivamente, hasta que desaparecen gambas y café.
Tal vez a algunos de ustedes les parezca normal tal deleite culinario, a fin de cuentas cada cual se comporta y actúa como sabe o le viene en gana, pero no me negaran mi extrañeza al asombrarme que ante un mar espléndido, un sol delicioso y un mediodía para disfrutar una forma como otra cualquiera de hacerlo sea meterse en cinco minutos entre pecho y espalda una ración de gambas de Huelva y una caña de negro café. En fin, disculpen mi intromisión, pero creo que cuando uno viaja lo mejor es olvidarse un poco a sí mismo y abandonarse dejándose acariciar por los lugares, formas y costumbres de los nativos de la zona.