“¡El presidente del Tribunal Supremo! Se lo imaginan ahí en turista, pues yo voy en turista porque no puedo ir en business. Es excesivo”.
Semejante ofensa es reincidentemente sufrida, afortunadamente sin merma de su salud, por el discreto y desdichado presidente del CGPJ de este país, aunque no se lo crean. Que mal tratamos por estos lares a nuestros tutores. Qué mal asumimos nuestra ignorancia y desvergüenza de paletos ante próceres de tamaña altura moral. Aunque, ahora que lo pienso, ¿qué imagen puede ofrecer a sus conciudadanos un señor que por encima de su trabajo exige posición y prerrogativas a costa del dinero público, acudir a inauguraciones, fastos y saraos a costa del dinero público, como atribuciones sujetas a derecho por presidir un organismo que hiberna hasta su jubilación a los primeros de la lista -que no los más capacitados, ni los más profesionales, ni los que pueden aportar su experiencia a la gente más joven, ni los que mejores servicios han prestado a la sociedad en su conjunto- según los intereses sectarios del gobierno de turno, también a costa del dinero público? ¿Qué le importan a este señor los vulgares ciudadanos, gente que se levanta cada mañana para ganarse la vida con trabajos y actividades ordinarias, como puede o le dejan? ¿En qué peldaño considera que está? ¿Qué hace por los demás? Seguramente irradiará su magnificencia y bonhomía para alumbrar y guiar el camino a los más estúpidos, los que no sabemos ver más allá de nuestras narices ni apreciar el magnífico brillo de la púrpura. ¿Cómo puede intentar explicar un tipo así su función dentro del Estado a sus vecinos -si es que tiene que molestarse en dar explicaciones-, si estos son incapaces de admirar y reverenciar la gloria?
No importa el nombre del tipo en cuestión, presidente “a dedo” del Consejo General del Poder Judicial -una corporación endogámica cerrada y alejada de la sociedad de la calle-, más bien una sinecura para enmohecerse antes de jubilarse con honores -¿recuerdan la soberbia y el talante católico-fascista del anterior presidente?- sin dar un palo al agua. ¿Qué concepto tiene un tipo así de una ciudadanía democrática? Estará firmemente convencido de que su voto en una urna vale mucho más que los del resto de votantes en cualquier elección, o será uno de esos de “usted no sabe con quién está hablando” necesitado de alfombra roja y palio para que no le perjudiquen ni el suelo ni el sol que padecemos la gente corriente; un pigmeo intelectual y moral que rumia “con su divina razón” únicamente merecimientos por SER más que el resto de los mortales que, a fin de cuentas, respiramos en este mundo porque no nos queda más remedio. Al tipo en cuestión sólo le faltó decir que un cargo como el suyo –casi por designación divina- no puede ensuciarse mezclándose ni respirando entre la plebe. Probablemente solo ingiera néctar y ambrosía, tal que los dioses del Olimpo, y crea que lluvia dorada sólo existe la suya, oro líquido, poco más o menos.
El pelaje, los ademanes y la arrogancia de estos caraduras vienen de otros tiempos, de otros regímenes, de otras cataduras, de otros merecimientos, de servidumbres ganadas a pulso a base de los lavatorios de rigor para con los sátrapas de turno, son los representantes de la obediencia ciega y nula responsabilidad civil recompensada con prebendas que santifican su bien gastada mansedumbre para con los dueños del poder. Estos tipos son “demócratas de toda la vida”, es decir, niños bien de una dictadura en la que el nacimiento y la clase eran una concesión divina, ellos ni ponían ni quitaban, acataban con beata benevolencia la sagrada voluntad de Dios certificada y santificada por sus representantes en la tierra, o sea, la iglesia en España. Sujetos así no merecen unas letras sino alguien que les muestre, de sus blandas y repulsivas manos, el siglo en el que todavía viven y los tiempos que corren, qué piensan y de qué se alimentan los habitantes de este mundo, qué es una piedra, qué un corazón sin sangre, qué una moneda, un trozo de pan, un salivazo, un desprecio, una humillación, un grito desesperado, una calumnia, un golpe, mil golpes, el esfuerzo de volver a levantarse para mirar a la cara a tipos que sólo merecen asombro, descrédito e indiferencia.