Todos sabemos que el médico se dedica a curar enfermedades, el maestro a enseñar a niños y adultos, el albañil construye casas pequeñas y grandes edificios que diseña el arquitecto, el ingeniero proyecta y dirige la construcción de puertos, puentes, fábricas, carreteras, barcos o aviones, el maquinista mueve máquinas que otros inventan -incluso se inventan muchas que no necesitan maquinista-, o las conduce, también barcos; hay del mismo modo personas que se dedican a cuidar a otras haciéndoles la vida menos onerosa, más feliz incluso. Y existen otras personas que ocupan el tiempo intentando que los demás disfruten del suyo, cantan, pintan, hacen música, cine, teatro… Probablemente me olvido de muchas más que no tendrán ningún problema en saberse incluidas en este grupo, y así podíamos estar hablando bastante tiempo. Pero hay otros individuos que se mueven entre aquellas sin una función definida, facilitando la comunicación y el intercambio de proyectos e ideas o no sirviendo para absolutamente nada útil, sólo para incomodar, demorar, aconsejar, perseguir, incordiar, advertir, amenazar, sobornar o engañar a sus semejantes a cambio de sustanciosas y menos sumas de dinero, formando una gigantesca burocracia que más que facilitar el funcionamiento del mundo lo dificulta consagrada a engordar bolsas ajenas privadas de las que esperan obtener pingües beneficios. Políticos -que no política-, supervisores, gerentes, abogados, aseguradores, asesores, intermediarios, consejeros, expertos, técnicos, correveidiles y recaderos -probablemente me olvido de alguno- duchos en abstrusos papeleos que, supongo con la rara excepción de quienes entienden su propia actividad como un beneficio para la sociedad y no para ciertos particulares, anulan o lentifican hasta la exasperación cualquier proceso material o inmaterial entre las personas al tiempo que justifican su existencia de nada; una gigantesca e inútil burocracia -algo así como la Unión Europea- que más que facilitar la vida a la población está obsesionada con dificultársela hasta límites insospechados. Propongo pues la creación o invención de un único y autosuficiente programa informático cómodo de entender y manipular -es más fácil de lo que ustedes piensan- que anule y elimine a todos estos parásitos innecesarios, siendo el propio actor, albañil, ingeniero o cuidador el que durante su tiempo de trabajo informe al mismo para que su tarea conste y quede grabada, amén de facilitarle su correspondiente beneficio.
No sé cuanto ganaría o perdería la humanidad, pero seguramente todos los que se han dedicado y dedican a hundirla un poco más cada día no tendrían nada que hacer. Bueno, sí, maquinar cómo seguir parasitando.