Dos cuestiones y una aclaración

Primero la aclaración.

Mientras en todo el mundo los estudiantes de Historia aprenden que en España (Europa) hubo una feroz y represora dictadura fascista entre los años 1939 y 1975 del pasado siglo XX -que se implantó tras un golpe de estado militar contra un gobierno democráticamente elegido y una posterior guerra civil-, ese mismo país está actualmente gobernado por un partido que nunca ha reconocido la existencia, tanto política como represiva, de tal dictadura, es más, dicho partido afirma que la dictadura no fue tal y que la democracia actual es fruto de las “bondades” de aquel sistema. Creo que todos sabemos que una dictadura no acepta otro pensamiento político diferente al de los dirigentes que la gobiernan, persiguiendo hasta la encarcelación, expulsión o muerte a quienes intentan enfrentarse a ella con ideas distintas, pues bien, los fundadores del actual partido en el gobierno son los últimos dirigentes de la dictadura, o sus hijos. Por todo ello es fácil adivinar qué entienden estos señores por democracia.

Ahora las dos cuestiones.

En las recientes concentraciones en las inmediaciones del Congreso los manifestantes no pudieron hacer lo que pensaban, rodear el Congreso, en cambio los policías sí hicieron lo que saben hacer, dar palos. Los manifestantes, con infiltrados y reventadores incluidos, no llegaron a la puerta del congreso porque en esta democracia de paletos en cuanto alguien disiente es enemigo de la patria, alborotador o radical –les ruego lean las dos primeras acepciones de esta palabra en el diccionario de la RAE-, al gobierno inmediatamente le entra el miedo y no quiere que le toquen las prebendas; para muestra las palabras del Ministro de Justicia, al que, sin un ápice de vergüenza, se le ocurrió decir que manifestarse en la calle en democracia es ir contra la democracia. Creo que al señor ministro le harían falta unas clases nocturnas para llenar el hueco democrático que padece porque, o no quiere saber o sirve a unos intereses que no son nada democráticos. Y como no podía ser de otro modo, los policías, al igual que en la pasada dictadura, siguen sin querer entender de democracia; entre sus atribuciones está la de ser expresamente adiestrados para sofocar sin pensar a todo aquel que alce la voz con razón o sin ella y, como buen gremio, gustan de hacer causa propia contra las opiniones públicas en las que se exponen formas de pensar diferentes a las de quienes les pagan -¿no les pagan los mismos ciudadanos a los que golpean?-. Probablemente algunos de ellos sí sepan diferenciar entre ciudadanos, manifestantes que quieren expresar sus opiniones, colegas y reventadores, pero no sean capaces de actuar en consecuencia, entonces ¿para quién son policías? Hace unos meses, no recuerdo en que programa y en qué cadena televisiva preguntaban a un muchacho de unos veinte años qué le gustaría ser y, de inmediato, contestó que policía. ¿Por qué? -le volvió a preguntar el entrevistador-. Porque llevan “pipa”.

Nunca he opinado acerca de esta otra cuestión porque, creo, me pilla un poco lejos, allá por el siglo XIX, pero no deja de ser curioso que el señor presidente de la Comunidad Catalana haya decidido convocar un referéndum para que sus ciudadanos decidan acerca de la libertad que, como no podía ser de otro modo, “históricamente” se merece el pueblo catalán, precisamente ahora. Pero no ha sido porque el actual gobierno de España haya vuelto a las procesiones bajo palio -como en los mejores tiempos de la dictadura-, o a imponer los toros como orgullosa y racial fiesta nacional. No, no ha sido por eso. Sin entrar en consideraciones de merecimiento, situación y otras cuestiones histórico-raciales fácilmente desempolvables cuando las urgencias particulares lo requieren, parece extraño que cuando mejor iba la economía y el dinero fluía, es cierto que sólo en una dirección, el mismo señor no saliera a la calle a pedir el mismo referéndum. O sea, que mientras había dinero y éste entraba a raudales en los bolsillos de los pocos centenares de familias que viven de la nacionalidad catalana, a pesar o en contra del resto de los ciudadanos, todo iba sobre ruedas. Ahora, cuando peor están las cosas y se ven en la obligación de más dinero para paliar los “desajustes económicos” -por llamarlos de algún modo- generados por su mala gestión no hay mejor solución que desviar la atención, tirar por la calle de en medio y sacar del baúl voluntades históricas, agravios, humillaciones más históricas aún, legitimidades y reivindicaciones anteriores a la Ilustración, derechos naturales, guerras y derrotas para crear un caldo de cultivo que probablemente llegará al extremo de exigir ADN catalán puro cien por cien a cualquier aficionado al fútbol que sea seguidor del Barça. ¿En qué siglo vivimos? Si han estado ustedes en Cataluña habrán comprobado que los catalanes son exactamente igual que el resto de los españoles, se levantan cada mañana, trabajan, disfrutan con su familia, son amables con los visitantes y sueñan con que sus hijos puedan tener un futuro mejor que el de los padres, donde decidan, en Cataluña o fuera de ella, son catalanes estén donde estén y creo que eso lo han sabido siempre, no cuando al señor presidente no le salen las cuentas.

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