Juegos 2. (Obviedades)

Ahora viene lo más feo y fastidioso, o desagradable, o inconveniente, eso de lo que nadie quiere saber o hablar. ¿Después qué? ¿Después de los alabados éxitos de esos esforzados gladiadores qué? ¿Después de los incalculables, únicos y cargantes momentos históricos de pacotilla, de las tensiones y nerviosismo extremo -siempre de otros-, de los millones de gilipolleces gritadas sin vergüenza por comentaristas y expertos, de las horas perdidas frente a la pantalla del televisor, qué? Creo que si uno se pone a ello –aunque dudo que quien nunca se ha esforzado por nada pueda llegar a sentirlo-, puede imaginarse la satisfacción que a nivel personal siente el ganador por el esfuerzo finalmente recompensado, la alegría por la gratificación conseguida después de los días y el tiempo invertido, la dura necesidad de las privaciones sufridas al fin justificadas cuando el laurel corona su frente. Pero, repito, eso sólo queda para el ganador que, después, si no sabe hacer otra cosa, tendrá que rentabilizar su cuerpo buscando más éxitos que le proporcionen más, digamos… ¿dinero?

Quitando a las pocas personas que pueden y quieren asistir en directo a acontecimientos de este tipo, de las motivaciones personales para hacerlo y de su capacidad para lograr una comunión in situ con los participantes -si uno es capaz de sentir lo que supuestamente y en origen pretendía significar la palabra deporte, al margen del espectáculo que hoy nos venden-, el resto consume en la lejanía una ficción impuesta de la que nunca sabrá si puede apropiarse haciendo suya o sencillamente no le interesa, sólo es tiempo consumido que le ayuda a olvidarse de sí mismo. En un primer momento ideal puede entenderse una empatía inicial tal que un tipo en cuestión delante de la pantalla saltaría del sillón y se pondría de inmediato a hacer ejercicio, intentaría practicar alguna actividad física o acabaría jugando con un grupo de amigos o conocidos a aquello que sus cualidades mejor se lo permitieran para, poco a poco, comenzar a creer y disfrutar con lo que su cuerpo seguramente mejor agradece; pero ese no es el caso en la inmensa mayoría de las personas y situaciones. Desgraciadamente, lo normal después de lo visto es la más absoluta nada, y lo que es peor, la incómoda y ávida penuria de tener que encontrar un nuevo objeto de consumo que satisfaga una artificialmente enraizada impaciencia para dar con “otro espectáculo” que calme un desesperante, permanente e irascible estado de sitio necesitado de llenar tantas horas vacías.

O ¿qué creen que sintieron la mayoría -sí, tantos- de los que hace poco celebraron y se echaron a la calle para gritar por las victorias futboleras de “la roja”? Incluso los que en su interior se sentían al fin satisfechos y secretamente recompensados por tantos años de humillaciones y derrotas, de infancias consumidas admirando a otros siempre mejores, infinitamente mejores, ya que “los nuestros” sólo podían mostrar la mejor mediocridad e impotencia casposa de la que generaciones de compatriotas han hecho gala maniatados por interminables reyertas nacionalistas plagadas de raza e ignorancia. Nada. Un vacío insondable e insoportable que en el mejor de los casos puede que a alguno le haya hecho preguntarse por lo que estaba haciendo con su vida, qué significaban para él los éxitos de esos chicos, por qué se dejaba engañar por una selecta secta de mafiosos pregonada por una panda de facinerosos vociferantes e hipócritas que se dedican a dar consistencia y engordar lo que sólo es un enorme e insaciable espectáculo vacío que aniquila y frustra vidas enteras dejándolas atrapadas en sus miedos y carencias, insuficiencias reales inventadas e impuestas por una sociedad que antes que ciudadanos necesita consumidores desesperados que no dispongan de tiempo para pensar en sí mismos y actuar en consecuencia. Una sociedad de ciudadanos siempre nerviosos y violentos incapaces de permanecer quietos, presos a perpetuidad en las celdas de una pereza existencial que va minando y acabando poco a poco con sus almas y sus vidas. O sea, todos nosotros, y después de la reprimenda ¿con qué cara nos levantamos mañana? Pues con la misma de hoy, la única que tenemos, pero con la alegría de sabernos vivos y en posesión de nuestra voluntad.

De todo ello me gustaría excluir a los niños, los únicos que creen y viven como sienten, además de decir lo que piensan. Me gusta imaginar que todavía tienen la posibilidad de hacerse con sus vidas y destruir este engendro de “rica sociedad” que los adultos hemos creado. Además de perdonarnos.

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