Volver a una ciudad donde ya has estado quizás carece de ese grado de novedad y sorpresa que tiene la primera vez, falta esa emoción de descubrir o sorprenderte, o cuando te encuentras, al fin, en o frente a lugares u objetos de los que ya sabías con anterioridad, incluida la inesperada decepción porque la realidad no siempre alcanza a satisfacer la expectación que uno acumulaba antes de verse y sentirse ante o precisamente allí. Nada importante porque estas cosas suelen ser de lo más normal, como también es cierto que muchos lugares carecerían de atractivo si no contuvieran o el viajero hubiera puesto previamente en ellos rastros y elementos de su educación, cultura, aficiones, desafíos o mera ilusión, que también. La realidad no es mejor ni peor porque, exceptuando el inevitable azar siempre al acecho del imprevisible vivir, se trata de un mutuo hacerse sobre el que uno mismo puede permitirse cuantos planes desee si antes asume por principio que no dejan de ser eso, planes.
También es cierto que regresar a una ciudad nunca es lo mismo porque quien lo hace no es la misma persona que lo hizo con anterioridad, el tiempo ha pasado para ambos, tanto en aquella como en el que vuelve, y no siempre el transcurso del tiempo significa obligatoriamente mejor, tampoco peor, puesto que no existen futuros preconcebidos al margen de ese presente que nos lleva al unísono de la mano. Además, puedes volver solo, por ocio o por trabajo, o con la misma o mismas personas, o con otras y otros modos o intereses, distintos objetivos; también con menos obligaciones y planes que cumplir, menos prisas y la agradable sensación de volver a ver o regresar a lugares de los que guardas buenos recuerdos. Tampoco sería un inconveniente reencontrarte donde la memoria creo una sombra, o un borrón, porque, como he dicho más arriba, quien regresa no es la misma persona; aunque es cierto que hay recuerdos, imágenes, personas, sucesos y circunstancias que nos cerraron permanentemente la puerta del regreso.
Volver a Dublín siempre es agradable, sobre todo si no se tiene un agenda que cumplir, mucho menos a la carrera, aunque tampoco la ciudad es para carreras o agendas repletas, todo lo contrario, mejor tomarse su amabilidad con calma y olvidarse de planificar porque lo que haya de ocurrir ocurrirá. No hay innumerables lugares que ver o visitar, ni agobios aparte de los inevitables que provoca un turismo exprés no siempre consciente del lugar, sobre todo para quien viaja con niños; una meteorología que obliga a precaverse por los cuatro costados y una movilidad que no necesita apenas medios de locomoción al margen de los propios pies. Mejor vivirla a pelo, pasear y disfrutar de la música, algo tan inevitable como sus incontables pubs y la cerveza. Andorrear, fisgar en cada puerta o ventana tras las que creas oír algún instrumento, o ruido, sentarte sin prisa, escuchar, charlar, ya que aunque no entre dentro de tus propósitos siempre tendrás alguien con quién porque te obligarán amablemente a hacerlo, o discutir, siempre con una cerveza en la mano, por supuesto. Y sin grandes revelaciones ni descubrimientos dejar que pase el tiempo escuchando y disfrutando del ambiente, luego, antes de recoger tus pocos trastos y salir, otear el exterior por si es más conveniente pedir otra pinta porque fuera el agua cae como si del fin del mundo se tratase. Puedes volver a preguntarte por la gente tan joven con la que tropiezas por la calle pidiendo, o por qué el incesante consumo de cerveza no hace distinción de géneros o edades, ni de cantidades; o achacar al azar o a ese inevitable vínculo que la música irlandesa tiene con todo lo tradicional la reiterativa y diaria escucha, en cualquier pub en el que comieras algo o entretuvieras el tiempo, o a cualquier músico callejero con el que te cruzaras, del antiguo Take Me Home… del desaparecido John Denver. Casi para una apuesta.