Benditas tradiciones

Una de las fotografías que apareció en prensa con motivo de esa nueva muestra de los rancios anacronismos que adornan este país, en esta ocasión con etiqueta religiosa y ocurrido en un pueblo de glorioso pasado romano frente a los conquistadores cartagineses, mostraba un grupo de jóvenes trajeados de saldo gritando con vehemencia a las puertas de un templo religioso. Un buen material que exponer en algún museo antropológico con un pie de foto que intente explicar esos intangibles que todavía ocupan los cerebros de muchos sujetos pertenecientes al sexo masculino, refractarios respecto a una razón que, a su pesar, todavía nos sigue manteniendo vivos y coleando como especie.

La imagen ofrece una primera impresión que, sin todavía saber qué hay detrás, no deja de ser sospechosa de representar otra de esas sanas y viriles manifestaciones de hermandad de género que advierten y excluyen más de lo que invitan. Una más de las tan arraigadas tradiciones masculinas, por darle algún nombre, sustentadas a partir de la ocupación y mantenimiento de posiciones preponderantes y de poder en relación con el otro género, el femenino, tradicionalmente no apto para ellas por cuestiones nunca importantes o que vengan a cuento, mucho menos actuales, modernas, racionales o razonadas. Se habla en estos casos de emociones, socorrido argumento cuando no existen argumentos, de íntimos sentimientos inexplicables para un profano, en realidad porque no hay nada que explicar cuando se trata de imponer lo que yo quiero, o de ceremoniales instituidos y representados -e impuestos- durante años por hombres que sería muy doloroso, además de improcedente y casi sacrílego, abrir a las mujeres, esa parte de la especie que habitualmente ocupa las habitaciones de atrás. Darles acceso significaría que ellas también pueden hacerlo y sentirlo, ser iguales, pero entonces dónde quedarían ellos y sus tradicionales prerrogativas. Ni lo saben, les preocupa y, sobre todo, ni les importa.

Hay otra foto, muy diferente a la anterior pero que tiene que ver con el mismo tema, en la que un orgulloso joven, ataviado con oscuras vestiduras y símbolos religiosos, saluda a los suyos sonriente y satisfecho por los méritos que al parecer le han sido concedidos, entre ellos la renovación de esa tradicional prerrogativa masculina entre las nuevas generaciones. No hay mujeres entre las numerosas personas que aparecen en la imagen, absolutamente ninguna, pero probablemente no es nada casual, pero si tradicional, ya que al parecer y como he dicho hay aspectos de las emociones y los sentimientos masculinos para los que las mujeres ni están preparadas ni alcanzan.

Hay más fotografías relacionadas con el mismo tema en las que sí aparecen mujeres, pero en la calle, vestidas de cualquier modo, con frío, aguardando con rostros más resignados que comprensivos, como de costumbre, vencidas de antemano; sin acceso a trajes, baratos o caros, ni ropa eclesiástica de copete, esperando a que ellos decidan, cosa, repito, de las tradiciones, ese intangible rastreramente esgrimido cuando alguien no quiere abandonar un poder que hasta ahora le ha mantenido a salvo, como es el caso, de la tan promiscua como peligrosa, y hasta pecadora, mezcla de géneros.

En el fondo el tema no va de cuestiones religiosas, ni de defender o denunciar la hipocresía de unas fiestas que tienen más que ver con imaginerías locales, tanto religiosas como profanas, y con arcaicas supersticiones y tabúes de toda índole mantenidos en contra de la razón, sino de simple estrechez mental, temor e incapacidad de adaptación a las nuevas realidades que el inevitable transcurso del tiempo tarde o temprano acaba imponiendo.

En todo este esperpento las supuestas perjudicadas, las mujeres, también deberían hacérselo mirar, primero por sus pretensiones de igualdad en circunstancias y temas en los que siempre han ocupado, y ocupan, los lugares de cola -sus Vírgenes, a las que probablemente rezan y adoran, tampoco les ayudan porque para aquellos que les impiden promocionar siguen siendo lo que también dice La Biblia que son, bonitas vasijas por llenar-, su papel de servicio es todo a lo que pueden aspirar. Tampoco les vale, por ejemplo, un derecho al voto que tanto costó introducir e imponer en sociedades en las que el dominio masculino se ha defendido a capa y espada de su presencia e intromisión hasta hace bien poco. En lo referente a las tradiciones siguen sin tener hueco. Aunque si pensaran y se sintieran, al contrario que ellos, mujeres de su tiempo harían muy bien en abandonar sus santas aspiraciones, además de las correspondientes labores de servidumbre tan necesarias para endulzar la vanidad de tanto mozo engreído de su masculinidad, cediéndoles a ellos todo el mérito, si es que en estos menesteres queda algo de mérito y no mero pavoneo tan cateto como cerril.

Esta entrada fue publicada en Sociedad. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario