No es agradable volver a un tema como el de la caza, ya tocado en otro momento, pero vistas las últimas imágenes es muy difícil abstenerse de algún comentario, aunque solo sea de pasada. Me refiero a los centenares de animales muertos y abandonados por cazadores que en unas jornadas de recreo abatieron por puro placer a unos mil -todos cérvidos-, al menos así lo afirmaban algunas de las fuentes, como el revuelo levantado por semejante acto de, no sé si de abandono o de auténtico desprecio hacia los animales -a los que cínicamente dicen apreciar-, el lugar y los pobladores que conservan el lugar para que sujetos semejantes prácticamente se meen en ellos y sus orgullosas y tradicionales existencias.
Como ignoro el grado de precariedad o miseria, así como la catadura moral y humana, de dirigentes de todo tipo y políticos que gobiernan esas zonas del país que mantienen enormes cotos de caza a disposición de tanto inadaptado ansioso por matar y de algún modo calmar un anhelo tan salvaje como primitivo. Y con esto último intento a referirme a humanos en los que la cruel y desoladora experiencia de la historia parece que no ha hecho mella -incluso dudo que la conozcan o les importe más allá de su propio y orgulloso ombligo-, más brutales y limitados, si cabe, que cualquier simio de medio pelo, con perdón de los simios.
Es cierto que uno puede encogerse de hombros y pasar página ante imágenes como las mencionadas -otro disparate más. Pero se me ocurre que si tanto les gusta matar podían apuntarse a una de las guerras que hay en curso actualmente, pero no como lo hicieron algunos italianos que acudieron a la guerra yugoslava a asesinar por placer vía agencia de viajes. A pelo, con su correspondiente arma y listos para enfrentarse a otros como ellos, y que probablemente algunos se jueguen en el envite algo más que un trofeo. Pero no sucederá así porque entonces, cagados de miedo, soltarán alguna memez con la que justificar sus ansias de matar, a tono con su pobreza mental. Como tampoco les llega la patética cantinela de la tradición, el compañerismo y los buenos ratos haciendo correr la sangre de animales indefensos a los que son incapaces de mirar a los ojos. Desgraciadamente estos sujetos también se dicen humanos, aunque su catadura humana se limita a la fotografía del DNI, y probablemente ni eso.
Sigo preguntándome qué especie de arcaica excitación provoca matar a un animal indefenso por puro placer, ni siquiera para comer; los paleolíticos eran mucho más humanos. Como tampoco entiendo cómo hace unas semanas cierta prensa nos… -no sé qué decir- con cuentos de casposas estirpes de cazadores manteniendo orgullosas tradiciones que transmiten de padres a hijos, mostrando alguna que otra fotografía en la que aparecían tres generaciones de humanos naufragados, algunos todavía niños, sonriendo a una cámara que los mostraba como figuras completamente planas e irrelevantes en su decepcionante anacronismo.
Imagino que son las modas de los tiempos que corren, tiempos violentos en los que la violencia vuelve a reivindicarse, como si no hubiéramos tenido suficiente. También revitalizada políticamente por nostálgicos de un primitivismo ideológico anclado en tradiciones tan estrechas y crueles como los toros y la propia caza. Sin nada más que ofrecer, solo muerte y destrucción como consignas principales, tal que una serie cutre que a falta de argumentos, e inteligencia para crearlos, se limita golpes, tiros y peleas como única excusa con la que entretener a un público semianalfabeto poco o nada exigente, tampoco consigo mismo.
Una violencia que, y creo que viene a cuento, también ha llegado al sexo, convertido en un acto de sumisión en lugar de un compartido y placenteramente reconfortante intercambio entre adultos, una relación violenta en la que una de las partes ha de humillarse por obligación ante la otra, también por tradición, otra manifestación más de esa áspera ideología que solo ofrece ignorancia, sumisión y subdesarrollo. Un niño no puede disfrutar de las imágenes de un sexo practicado, compartido y disfrutado entre iguales y, en cambio, ha de tragar con tradiciones como la caza, en la que la prioridad es el derramamiento de sangre de un animal que nada tiene que aportar, ni siquiera como alimento, con la excusa de pasar un buen rato de compañerismo entre sujetos de discurso corto repleto de autenticidades de cartón piedra, obtusas cavilaciones y obviedades de bares y machotes.