No parar

Es posible que tengamos, amigos, familiares o conocidos a los que el tiempo no les da de sí, todo el día de acá para allá, sin un minuto que perder, ni para desahogarse, tampoco fisiológicamente.

Personas que no pueden, o no saben, estarse quietas, siempre con tareas pendientes, personales o implicando a otros, más pacíficos y calmos, incluso despistados, con otras nociones de la prisa y el tiempo. Como si el tiempo fuera un enemigo al qua hay que mantener en permanente derrota, sin dejarle respirar, porque de lo contrario parecería tiempo malgastado o vacío; como si el tiempo, por el mero hecho de ser o haberlo inventado nos apremiara con su solo conocimiento, obligándonos a andar de cabeza mientras aquel sigue ahí, como de costumbre, sin decir ni pío, sin apretarnos, mucho menos retándonos ¿a qué? Estas personas no es que tengan un problema, son así, igual las dejas una semana en una playa vacía y se mueren de tristeza e impotencia o levantan un parque de atracciones con palos y piedras.

Parecen atrapadas por la obligación de satisfacer una necesidad interior que les trae de cabeza, siendo el primer objetivo el imperioso cumplimiento de esa especie de coacción, ya que esa necesidad son ellas mismas. Y tal vez algunas, o muchas, no entiendan qué estoy diciendo porque sería como ponerse en duda a sí mismas, su forma de ser, como han sido siempre. Siempre ocurriéndoseles algo que hacer, ideando o imaginando objetos y actividades que luego intentan llevar a la práctica con total celeridad, es cierto que en muchos casos beneficiosas tanto para ellas como para los demás -en ningún momento hablo de un egoísmo al uso; su egoísmo, por darle algún nombre, son ellas mismas. Solidarias o tal que artistas empecinados en sus ideas y proyectos, introvertidas y hurañas o atentas y colaboradoras, desconocedoras del problema -si es que puede decirse tal- en su incesante actividad o despreciativas hacia los demás; permanentemente insatisfechas o desviviéndose a la hora de procurar favores, ayudas y una vida más placentera a los otros. Pero siempre ellas primero, su desvelo.

Hay, pues, de todo. Como también es inevitable el constante desasosiego que llevan incorporado y transmiten allá donde paran, o contagian a quienes no son como ellas y, en algún que otro caso, hacen sentir inútiles porque, en comparación, parecen perdidas, como su tiempo; si no amontonas planes y proyectos eres un completo inútil, no sirves para nada.

Pero, por otro lado, sin estas últimas, las personas más tranquilas, o calmadas, o en apariencia perdidas, o realmente perdidas, aquellas no tendrían quien les prestase atención y justificase su perentoria actividad.

Estaría bien preguntarles a estas polvorillas qué harían si no tuvieran un público destinatario para su vital frenesí, público aceptador, colaborador, participante, celebrante, admirador e incluso contrario; tanto a su actividad como a los resultados de la misma. Que no estuviera ahí como permanente receptor de sus ocurrencias, de algún modo justificador de su inquietante ansiedad por no estar paradas. Si solo existieran estas enemigas declaradas del tiempo, de su misma existencia y consiguiente transcurso, probablemente tampoco tendrían tiempo para atenderse o escucharse las unas a las otras, cada cual atrapada en su constante arrebato, sin espacio ni ganas para ocuparse o preocuparse por los demás, que en muchos casos considerarían con indiferencia e incluso desdén, o peor aún, intrusos. Esto es en parte posible porque siempre tropiezas con “artistas” que se sienten, y creen estar, un paso más adelante que el resto, es más, ni les importa, porque “lo suyo”, su altura artística o intelectual, luce muy por encima o directamente inalcanzable para los límites que suele gastar la gente corriente. A estos iluminados habría que hacerles saber que su necesidad vital es pura necesidad de comunicarse, y que la comunicación no existe si no hay al menos uno más.

Somos como somos, bienvenidos unos junto con sus apasionadas y extenuantes ansiedades y, respecto de los otros, los artistas, si es tal su forma de pensar y actuar que se guarden para sí sus maravillas, aislados en islas desiertas o encerrados en almacenes gigantescos a rebosar de su frenesí creativo y después tiren la llave al mar. Su tiempo, ese que dicen necesitar de forma tan ávara no existe para el resto, ellos tampoco, luego nada se pierde; lo de ganar ni se contempla.

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario