Lo que toca

Sin que nos demos cuenta acabamos pensando que el mundo comienza con nosotros y en el fondo llevamos razón, porque, de buenas a primeras, aparecemos aquí sin que nadie nos haya preguntado, y desde ese momento y como recién llegados solo existen presente y futuro. El presente es uno mismo, ahora, el futuro se ofrece como posibilidad, una perspectiva a la que intentaremos dar forma en la medida de nuestras posibilidades, y capacidades. También existe el pasado, lo que había antes de que nos trajeran aquí, del que iremos teniendo noticias en primer lugar por los que ya estaban, sus palabras y sermones, sus actos y una realidad hecha y derecha que, nos parezca mejor o peor, tendremos que aceptar y adaptarnos a ella si queremos que ese futuro en el que armar proyectos se vaya pareciendo a los deseos de ahora.

Entre sueños, planes y proyectos, también vivir, no vemos en principio nada en nuestra contra, es lo que hay y debemos aprender a movernos y utilizarlo preferiblemente en nuestro favor. Pero a medida que vamos viviendo, y creciendo, y en ocasiones viendo cómo se esfuman algunos sueños, o directamente fracasando, se nos irá ensombreciendo el semblante en contra de nuestra voluntad, de la que habremos de echar mano para poner, como suele decirse, al mal tiempo buena cara. Y probablemente sea cierto que hay personas que son capaces de sobreponerse a los acontecimientos y mostrar una sonrisa hasta en los presentes más oscuros.

La realidad nos irá envolviendo poco a poco y modificándonos, cambiándonos el carácter, también agriándonoslo. Sabremos de la historia y su decurso, del progreso y de que con el transcurso del tiempo todo va a mejor, sobre el papel, porque si llegamos a interesarnos en la historia y  el progreso probablemente nos decepcionen, ya que ambas son realidades tan subjetivas que según donde se dirija la vista se advertirá progreso o más de lo mismo, también peor, o lo que nunca antes había ocurrido. En definitiva, se trata del tiempo que nos ha tocado vivir, y en algún momento de la vida sabremos que el nuestro también se acaba, en algunos casos de forma intempestiva e inesperada, y hasta violenta, sin que en nuestro último instante podamos mover un solo dedo, o siquiera abrir la boca.

En este devenir histórico en el que acabamos inmersos se producen tanto avances como retrocesos, y es falso que exista una corriente progresista que todo lo arrastra hacia un final idílico o meta, se trata más bien de un movimiento a trompicones con sus paradas, errores y estrepitosos fracasos, porque, a día de hoy y según nuestro conocimiento, el tiempo es imposible que vaya hacia atrás, pero la humanidad sí.

Así que, al extraño y ya no tan nuevo en este mundo solo le queda asumir que no hay proyecto colectivo alguno, sigue sin saber si principio y cada vez le importa menos el final -como sí existe para las vidas individuales, incluida la suya-; se trata de una interminable sucesión de generaciones de la que pueden obtenerse algunas enseñanzas comunes o simplemente la corroboración de que lo mejor que puede hacer cada cual es mirar hacia otro lado, dedicándose en exclusiva a lo suyo. Permanece, en síntesis, una especie asediada, o agobiada, por miedos y temores ancestrales, inseguridad y ansiedades de todo tipo, además de proclive a exhibiciones de poder sin medida por parte de algunos, o muchos de sus representantes, sin que importen las épocas. Quedaría una especie de fe como alimento, también en la especie -siempre hablando de la vida que vivimos todos, no de anhelos o desviaciones espirituales-, sucedáneo de resignación que sirve para todo, tanto en el plano individual como en el colectivo.

Por todo ello no es extraño que flote en el ambiente una sensación de fracaso de la que es difícil desembarazarse, dejando al albur a millones de individuos tan desorientados como perdidos, pequeños y mezquinos, la gran mayoría a la búsqueda de una tabla de salvación que viene a demostrarles que ellos nunca fueron dueños de nada, tampoco de sus propias vidas -lo que faltaba, nos traen sin nuestro consentimiento y después nos atan de pies y manos-. Queda un dejarse llevar o, olvidándose de todo, también de sí mismos, auparse a una corriente favorable, da igual su tendencia y dirección, y al menos sentirse por primera vez en la vida perteneciendo a algo, moviéndose a favor,  de qué o hacia dónde tampoco importa, pero acompañados de otros muchos. Y al menos sonreír si la corriente es la buena, la que saldrá adelante, es cierto que a costa de otros con menos fortuna. Solo queda la mala suerte, haber nacido en mal momento y lugar o en un tiempo equivocado.

Esto no es como queremos, tampoco como en algún momento de nuestras vidas nos imaginamos, meras ficciones. El mundo ya era antes y cada uno de nosotros otra insignificante partícula más, nunca fuimos centro de nada. Sin embargo, y esto es igual o más interesante, todo lo dicho no significa que, por el hecho de haber nacido y aún estar aquí, no podamos elegir qué, cuándo, cómo y dónde, hasta el instante, incluido el último.

Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario