Chismes

Que una mujer haga públicas las cartas de amor dirigidas a ella por uno de sus amantes -en este caso un Premio Nobel de Literatura- puede ser una frivolidad, una indiscreción o una solemne memez que a nadie interesa. Una falta de respeto hacia el amante, también motivo de escarnio -aunque es cierto que son exclusivamente suyas- o simple desprecio. Un buen negocio mediante el que enriquecerse y ahondar en su codicia o una muestra más de las miserias humanas. Para un lector indiferente algo curioso y hasta gracioso, o un motivo de tristeza y vergüenza ajena si el lector tiene al autor de las misivas como referente. Una bajeza o la confirmación de que, independientemente del origen, el lugar o la clase social, ese tipo de manifestaciones son básicamente idénticas, con sus puntos de sincera candidez, frivolidad y vulgaridad de la mayoría de los actos y manifestaciones humanas.

También puede ser un motivo de conversación en una sobremesa al que sumarse porque la propia banalidad del tema da pie a todo tipo de opiniones y comentarios, jocosos y menos, incluido cruel sarcasmo. Estando entre los presentes quienes, sin ocultar un enfadado desprecio, aseguraban sin asomo de duda que el ladrillo en el que van incluidas las cartas no deja de ser un zafio negocio carente de cualquier interés. Más de lo mismo, la enésima aparición pública de alguien con muy poco que ofrecer – ni siquiera escribir sus propias andanzas, trabajo de negros probablemente pagados en ídem-, o si, ganar dinero a costa de los hombres que han pasado entre sus piernas. Claro, en la conversación también aparece aquello de a quién puede interesar semejante engendro, qué busca un lector o lectora además de vulgares chismes que no nos dejan en general en muy buen lugar.

Hay quienes aún recuerdan la justificación, o excusa, del ilustre escritor cuando se le acabó el fuelle, asegurando públicamente que su enamoramiento había sido una cosa de pichula, no de corazón (¿?) Lo que hace aún más ridículas las famosas cartas y patéticamente senil al implicado; hay ocasiones en las que es mejor permanecer callado, y no solo por obligada y pertinente prudencia. También están los sorprendidos porque, tras leer algunos pasajes de las cartas en la prensa, un tipo de edad, o mucha edad, y tal prestigio literario se exprese mediante tales frivolidades y recursos de adolescentes que parecen extraídos de manuales de autoayuda juvenil. A lo que alguien apunta por qué en este caso tenía que ser diferente si se trata de amor, y en el amor verdadero la edad no es ningún problema; comentario puntualizado por otro lado, con toda intención, advirtiendo que quizás ese lenguaje era el único que podía entender la pareja, ella, no siendo conveniente expresarse y abusar de una retórica excesivamente poética y erudita, no vendría a cuento porque no sería entendida por la parte femenina. Además, se trataba de decirle que se le ponía dura cada vez que la veía.

También estaban quienes en su momento no entendieron semejante desliz masculino, tal vez un sorprendente e inopinado reblandecimiento cerebral producto de los años que obnubiló la percepción de la figura, procedencia, afinidades y dedicación de la amada. Y estaban quienes, rizando el rizo, argumentaban que fue la señora la que lo embelesó para apuntarse la última muesca en su amoroso muslo, tras el mundo del espectáculo al que pertenecía su primer marido, el rancio y aristocrático abolengo que representaba el segundo, seguido de las silenciosas alfombras del poder del tercero en la lista y, finamente y como remate, el elitista mundo de la cultura que ejemplificaba este último enamorado, el de las cartas, aviniéndose también a saborear sus más íntimas delicias. Quién puede presumir de haber tenido entre sus piernas lo mejor de lo mejor de cada uno de las talentos humanos. Toda una proeza difícil de igualar.

En fin, copa va copa viene pasamos un buen rato entretenidos charlando de las miserias humanas, sin finalmente ponernos de acuerdo sobre la pertinencia u oportunidad del libro, el negocio, las cartas y las debilidades de la vejez; en el fondo a todos nos daba igual. Y para disipar dudas y desacuerdos alguien remachó la tarde con un ¡que se joda! si a ella le apetece publicar las cartas, por lo que sea, me parece muy bien, y si con ello lo deja en ridículo que hubiera sido más espabilado; tanto Nobel, tanto Nobel, si luego era tan simple como el que más.

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