La fiesta

A juzgar por la decoración de la sala bien podría decirse que se trataba de una fiesta de cumpleaños infantil, globos, banderines, cuerdas colgantes, tiras de muñecos recortados y más colgaduras de colorines, además de adhesivos dorados y plateados con formas de campanas, lunas, soles y monigotes profusamente arrojados sobre cualquier superficie susceptible de soportar una banda adherente; quizás faltara una pancarta gigantesca con el nombre del homenajeado, pero los que sí estaban eran los inevitables y llamativos globos representando cada una de las cifras del aniversario, único detalle por el que cualquiera un poco avispado deduciría que, al contrario de lo pensado en un primer momento, aquello no se trataba de una fiesta infantil.

Lo que no impidió que, más bien facilitó una vez dispuso de un buen lugar donde ponerse cómodo, puesto que aún faltaba tiempo hasta la hora de comienzo del evento y no tenía ganas de censurarse por su, a juzgar por el vacío de la sala, precipitada aparición, se preguntara por la pertinencia, o necesidad, de aquella excelsa y profusa explosión de alegría infantil. Es cierto que no tenía nada que hacer hasta la hora que aparecía en el tarjetón y pensó que siempre habría alguien como él, sin prisas y sin nada mejor que hacer, con quien charlar mientras aquello cobraba ambiente. Desgraciadamente se había vuelto a equivocar y allí estaba, sentado en solitario y sin nada que llevarse a la boca para refrescar el gaznate.

Había comenzado a intrigarle el motivo por el que una fiesta de cumpleaños de un adulto ha de parecerse, como dos gotas de agua, a la de un niño. Aparte de una sonrisa sardónica e incrédula se le escapaba el significado de los globos, los adhesivos y las colgaduras de colores que al parecer no tenían otra función que dar color a aquello, pero un color un poco fuera de sitio y algo chabacano e insustancial, por no decir falsamente incontinente, un modo de celebración respecto a la cual el protagonista, si no se había equivocado y se trataba de quien conocía y le había invitado, era por carácter más bien contrario, sino ajeno e indiferente ante aquel frívolo espectáculo.

Pensaba que un adulto no es un niño, algo que no es ni mejor ni peor sino lo que toca, incluidas las muchas buenas cosas que tiene crecer y madurar, despojado al fin de rémoras y frustraciones infantiles que en la edad adulta dejan de tener sentido o justificación, claro, si es que el protagonista ha abandonado la infancia y madurado con un mínimo de fiabilidad tomando su vida como lo que es, y no la definitiva y desgraciada pérdida de una inconsciente felicidad infantil. A su juicio, un adulto que piensa y se comporta como adulto, incluido celebrar un cumpleaños, porque y por supuesto a todos nos gusta celebrarlos, independientemente de signos estúpidos de crecimiento y transcurso de años que inevitablemente son, debería de hacerlo de otro modo, de un modo más sabroso y alejado de toda aquella infantilizante parafernalia. Aunque a juzgar por lo que le rodeaba quienes habían organizado aquello no lo veían del mismo modo, y se preguntaba qué pensarían de una organización y decoración, por ejemplo, cuidada, escogida, delicada, elegante o detallista, que siempre puede ser, y de hecho lo es, mucho más acorde con lo que allí iba a celebrarse dentro de no mucho tiempo.

Y llegaba a perderse a la hora de intentar descifrar qué especie de temores o aprensiones atenazan a personas que se esfuerzan en cada uno de sus actos y gestos por manifestar y hacer extensivos comportamientos claramente infantiles; a qué le temen, qué pretenden o de qué se arrepienten -¿de crecer? Al parecer poseídos por una desesperada necesidad de hacer infantilmente visible que ellos también son alegres y se ríen, tienen imaginación, les gusta la fiesta, los colores y le jarana; y divertirse. Como si un adulto no pudiera hacerlo sin tener que, por obligación, disfrazarse y comportarse como un payaso fuera de sitio, con perdón de los payasos.

Esta entrada fue publicada en Sociedad. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario