Un adulto es alguien a quién todos respetamos, o deberíamos hacerlo, puesto que se trata de uno más entre nosotros que ha de vivir, y ganarse la vida, como pueda, le guste, prefiera o considere necesario; y también habría que añadir, por descontado y principios, respetando las vidas de los demás. Y, como adulto, también estaría capacitado para decir basta.
Que últimamente se hayan conocido algunos casos en los que adultos deciden dejar de vivir por problemas físicos o de salud que ellos mismos consideran insufribles e intolerables por más tiempo nos dejan al resto, en primera instancia, en silencio, por puro respeto, después tan intrigados como asombrados y/o abatidos al no ser capaces de ponernos en su lugar por mucho que lo intentemos, circunstancia que, y esto es lo peor, no alcanzamos a imaginar porque no lo sufrimos ni lo hemos sufrido, dejándonos en una duda terrible de la que salimos respirando aliviados y pesarosos, regresando presto a nuestro día a día pero todavía con la mosca detrás de la oreja.
Y que otros adultos, independientemente de su parentesco o relación más o menos directa con los primeros, decidan por su cuenta y riesgo inmiscuirse en la decisión de aquellos, tratando de impedirla, en función de sus propias convicciones, deseos o intereses suena más que raro, por no decir algo peor. Y que unos jueces, que no justicia, decidan apoyar y pronunciarse en favor de estos últimos en detrimento de los primeros directamente atufa.
No deja de ser irónico, además de una grosera y cínica falta de respeto, que alguien sea capaz de atribuirse derechos sobre la voluntad de otro en función de sus propias ideas, convicciones o directamente prejuicios; prefiero obviar cuestiones de parentesco porque no dejan de ser cuestiones de poder -o algo peor-, y no entrar a valorar la existencia de otro tipo de intereses que nada tendrían que ver con la vida y voluntad de las personas.
Ni pensar en grupos o asociaciones conservadoras y reaccionarias intentando imponer sus certezas, que solo les sirven para tapar sus propias carencias, por encima de la voluntad de los demás o, más concretamente, de desconocidos ajenos a su limitada, estrecha y egoísta concepción de la vida. Detrás de ello no hay ningún interés ni respeto hacia la vida y voluntad de quien, por causas que él mismo considera más que suficientes, ha de tomar la difícil y dolorosa decisión de dejar de vivir.
Este intrusismo político, social y judicial son más bien los ofensivos, desesperados y crueles coletazos de un pensamiento primitivo repleto de cegueras -puro egoísmo- y obcecaciones -certezas y verdades- que aún se considera a sí mismo por encima de los demás por la sola atribución de una violenta y mil veces injusta tradición de poder, un arrogante y humillante insulto hacia otros, en quienes únicamente ve objetos de desprecio y explotación, a quienes jamás ha valorado, respetado y tenido en cuenta como ejemplo de la prolífica variedad de maneras de vivir que la misma especie puede llegar a concebir y llevar adelante.