Hablar de fútbol no siempre es bienvenido, sobre todo por quienes ven el juego básico y sobredimensionado, también alarmados por el tremendo impacto social que supone y el negocio millonario en el que se ha convertido, para algunos. Sin embargo, a la gente del fútbol no le gusta hablar de fútbol como tema genérico, se aburren, en su caso es más visceral, les gusta ver, seguir y discutir apelando a los sentimientos antes que a la razón. Y el título de estas líneas habla de fútbol, pero de otro modo.
Independientemente del contenido social y reivindicativo frente a la dictadura franquista de la frase que encabeza este texto, su desafortunado uso, y en cierto modo involución, la ha despojado de todo prestigio convirtiéndola en la fracasada arma arrojadiza de una burguesía localista que solo veía en el fútbol un medio, que en el fondo despreciaba, para imponer y exportar una marca que finalmente han dejado huera, tanto de significado y, como he dicho, prestigio como, y lo que es peor, de dinero. Algo que en el fondo nos afecta a todos, aunque solo sea por la flagrante omisión de responsabilidades por parte de las entidades y organismos correspondientes. Porque si el FC Barcelona fuera una empresa normal y corriente hace tiempo que habría sido declarada en bancarrota, incautada por el gobierno, desmontada, saneada -si fuera posible- y vendida, o directamente finiquitada. Y si todavía sigue funcionando y con cierto cartel, es debido a que la sola posibilidad de su cuestionamiento económico y presunta desaparición desataría una alteración del orden público, nacional y puede que internacional, de imprevisibles consecuencias. Además de tocarle las narices, vía magna ofensa hacia los valores más puros del identitario catalán, a una burguesía nacionalcatólica y reaccionaria que precisamente fue quien exprimió y vació las arcas de un club que hasta entonces se movía con cierta solvencia económica, siempre a partir del renombre internacional de la marca, sus jugadores y sus éxitos futboleros.
Como es increíble que el tipo que dirigía el cotarro durante el vaciamiento económico de la entidad siga todavía en libertad y campando a sus anchas, sin ninguna vergüenza, escrúpulo ni señalamiento acusatorio que soportar.
Un club deportivo al que también ha abandonado una gran parte de su masa social -dígase socios-, dejándolo morir porque ya no era necesario. Todo ello bajo la calculada e interesada supervisión de una aristocracia independentista venida a menos y que, por si acaso, ha sido lo suficientemente astuta para alejarse de la quema, como si la cosa no fuera con ella; como si no hubieran tenido nada que ver con la desastrosa y vergonzosa realidad de los hechos.
Evaporado de forma alarmante el número de socios, económicamente prácticos o hartos de un ocasional o interesado interés por el mundo de la pelota, desaparecida del palco una sectaria membresía nacionalista que gustaba mostrarse cuando el estadio lucía lleno y los espectadores esgrimían toda la parafernalia simbólica independentista que el club ponía en sus manos sin escatimar en medios ni dinero, solo quedan los aficionados de a pie, los fieles de toda la vida al fútbol, aquellos que tuvieron que aguantar como una política de rasero bajo, que en el fondo los despreciaba por vulgares, incultos e ignorantes, hacía de su fútbol una beligerante bandera política de sus propios intereses; apropiación que como es sabido al final les salió rana.
Lanzado el órdago independentista, gracias y a costa de vaciar las arcas del club, cuando tras el fracaso las aguas volvieron a la normalidad y la curia nacionalista regresó con las orejas gachas a sus seminarios, desentendiéndose y olvidándose de todo, solo quedó el fútbol, amén de cuatro gatos sin equipo ni dinero. Un club a punto del desguace que anda arrastrándose entre dependencias oficiales y grandes empresas con dinero de sobra y ganas de invertir casi a fondo perdido.
Pero esto nadie lo va a decir en voz alta porque entonces el patio volvería a alterarse con infinidad de acusaciones, a cual más absurda, mentiras inverosímiles y un cínico y estrepitoso rasgado de vestiduras nacionalista siempre de cara a la galería. Queda una marca deportiva que sobrevive, o malvive, gracias a unos críos que juegan al fútbol y sienten que ese equipo, al que jamás abandonarían, lo es todo en su vida. Más o menos como hasta ahora ha venido funcionando, y funciona, este tinglado, partiendo de la sentida e irracional ilusión compartida de millones de la que se aprovechan unos miserables, mucho más astutos, en su propio y exclusivo beneficio. Y después si te he visto no me acuerdo.