Del fútbol

Se han dicho tantas cosas sobre el deporte de la pelota, provenientes de tantos lugares y personas, da igual el origen y la dedicación, que cualquier cosa que pueda volver a decirse sobre el tema probablemente carezca de relevancia por principio, además de hacer levantar la ceja a quienes, ajenos a pulsiones y emociones tan íntimas, viscerales y desgarradoras, no van más allá de la escasa curiosidad o directamente indiferencia al respecto.

En unas semanas en las que se vienen repitiendo multitudinarias manifestaciones futboleras -y las que vendrán-, tampoco han faltado reivindicaciones, loas, panegíricos y sesudos comentarios sobre la directa e íntima relación del mismo juego, sus propios héroes incluidos, con cuestiones locales o patrimoniales, con lealtades, tradiciones y filiaciones irreflexivas bajo las que laten unos irracionalismos biológicos de nacimiento y/o pertenencia; tanta es la importancia y la felicidad cohesionadora que provoca, promueve y difunde tal juego. Y más de un seguidor, o cualquiera de los arrebolados firmantes, baluartes de una auténtica mística futbolera, contemplaría despectivamente y por encima del hombro las intenciones que motivan estas letras. Si no me gusta el fútbol -todo lo contrario-, no me interesa o me pilla lejos mejor que me calle y dedique mi tiempo a cuestiones más interesantes y sustanciosas para mi persona, porque sobre el tema en cuestión lo que yo pueda decir tiene una relevancia de cero coma cero.

Pero a lo que voy. Viendo las imágenes en las que miles de personas celebran y muestran su felicidad gritando, cantando, abrazándose o llorando, en una escena repetida dando igual el lugar al que se dirija la mirada, las coincidencias sobresalían por encima del resto. El fútbol es un juego esencialmente masculino, de hombres -que en más de un caso probablemente también conlleve cuestiones machistas-, al que últimamente las mujeres se van uniendo más por imitación que por vocación, opción esta última que, como sucede en todas partes, también las habrá entre ellas, y con todo derecho. En los distintos escenarios a los que me estoy refiriendo la mayoría masculina era abrumadora, hasta el punto de que en algunas imágenes sólo se distinguían cabezas de hombres, y eran muchas. Las pocas mujeres que aparecían en la pantalla ejercían de acompañantes de seguidores masculinos. Viéndose algunos grupos femeninos generalmente de mujeres y chicas muy jóvenes, tan febriles y vocingleras como ellos, como decía fruto de esa caprichosa corriente de igualdad que gusta agarrarse a lo más visible y característico en lugar de ofrecer y reivindicar otras opciones o juegos, por aquello de la variedad -aunque es cierto que, tal y como este mundo ha sido hecho y funciona, cualquier opción o alternativa femenina, incluso en posesión de inestimables valores conjuntos, contendría por defecto un peligroso componente de exclusividad o amenaza contra los valores establecidos, por lo que lo tendría muy difícil o directamente imposible.

Como interesante resulta ver tales celebraciones futboleras con una mujer, o mujeres, al lado comentando lo que aparece en la pantalla, su asombro ante el desaforado primitivismo y simpleza de aglomeraciones tan afines a las consignas, símbolos y banderas; una explosión belicosa y salvaje que deja ver en el fondo un incómodo e individual desamparo acuciado por una mística y excitante necesidad de integración y/o pertenencia de la parte masculina de la especie en un mundo más bien confuso y sin referentes claros, un mundo en el que una hipotética sororidad compartida más pacífica, paciente, reflexiva, solidaria y autosuficiente no sería bienvenida o, repito, se tomaría como ofensiva y peligrosa por provenir de esa otra mitad de la población. Una mitad de la población de la que en última instancia depende, o sobre la que descansa, tanta y desatada euforia, el indispensable regazo sobre el que reposar, resoplar, dormitar o soñar cuando los excesos hormonales se apagan y la vida de todos los días, esa que nos hace quienes somos, llama a la puerta obligándonos a comportarnos como personas entre personas.

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