Comer

Costó lo suyo conseguir una mesa para comer a una hora prudencial, sin que necesariamente fuera a primera o a última o con la condición de dejarla libre en un tiempo que los propietarios consideran apropiado para volverla a ocupar con otros menos exigentes. Si no estás por la labor de comer cualquier cosa en cualquier sitio, si consideras que el hecho de comer implica algo más que ingerir mecánicamente una serie de alimentos con tal de satisfacer la propias necesidades fisiológicas, cada vez más es difícil encontrar una mesa sin haberla reservado con anterioridad. Da igual el lugar donde vayas o estés.

También es cierto que para muchas personas comer se ha convertido en otro episodio más de consumo que hay que solventar de manera rápida y eficiente, nada que ver con el acto social que reúne a amigos, conocidos o desconocidos con la excusa de una necesidad ineludible, se sientan y departen más sobre lo humano que sobre lo divino -que también-; con brevedad, debido a las circunstancias, o largo y tendido puesto que en parte de eso se trata, de relacionarse y compartir, y prolongar hasta que la prudencia de las buenas costumbres y el respeto hacia quienes nos han atendido nos advierten de que conviene dejarles su tiempo y respirar.

Finalizada la comida y una vez en la calle, engatusados por la bonanza del tiempo, coincidimos en que lo mejor era pasear un poco al azar, nuestro próximo destino quedaba algo lejos, no teníamos prisa -y si la hubiéramos tenido probablemente no hubiera merecido la pena- y la tarde invitada a disfrutarla. Hay momentos que es mejor aprovechar tal y como vienen, recrearse en ellos antes de que sea tarde y las ineludibles obligaciones, reales o impuestas, nos lleven con prisas de allí; las calles lucían soleadas y bulliciosas, y era un placer dejarse acariciar por un sol que va dejando las calenturas para el año venidero.

Mientras avanzábamos otros más perezosos, indolentes, inquietos o despreocupados llenaban las terrazas haciendo lo mismo que nosotros acabábamos de hacer; prácticamente repletas, como si la hora de la comida se estirara sin fin a lo largo de la tarde, hasta el punto de que llegué a dudar de que aún existiera una hora aproximada para comer, puesto que en la realidad que tenía delante la hora del almuerzo parecía haber desaparecido. Una enorme cocina permanentemente abierta en función de caprichos e intereses en los que solo cabe el negocio, todo aquel o aquello que pueda generar beneficios, sin trabas ni horarios, sin peros con tal de cobrar y hacer caja.

A medida que recorríamos o cruzábamos calles y esquinas las terrazas se iban sucediendo casi ininterrumpidamente. Cambiábamos de zonas y barrios y también variaba el orden, el protocolo y la elegancia de las mesas, desde manteles y servilletas de tela, amén de una correcta colocación de los cubiertos, hasta una simple hoja de papel publicitario sobre la que reposaban unos cubiertos enguantados en una servilleta, también de papel; los platos dejaban de parecer elaborados y perdían presentación, convertidos en pan relleno en sus múltiples variedades asfixiado por las inevitables patatas fritas. El vino y el agua eran sustituidos por los refrescos y las cervezas, las copas se habían evaporado dejando paso a botellas y latas consumidas “a morro” por el poco exigente cliente de turno. Como también variaba el atuendo de los comensales, desaparecían las camisas y los vestidos más o menos cómodos, vistosos o elegantes sustituidos por camisetas decoradas, pantalones cortos y cualquier cosa con la que cubrir o proteger los pies de la suciedad del suelo.

Como imaginaran, también iban cambiando los precios, desde primeros y segundos por cantidades de dos cifras a menús completos también por dos cifras, en este caso menores, o mucho menores que el importe de algunos de aquellos primeros o segundos platos que a juzgar por los números se prometían deliciosos, aunque solo fuera por caros. Al cambiar los comensales también cambiaba su compostura en la mesa y el correcto uso de las herramientas indispensables para la ingesta, aunque sigue siendo decepcionante comprobar que todavía hay personas, independientemente de su origen y/o pertenencia social, que tienen dificultades a la hora de utilizar con habilidad y soltura cuchillo y tenedor. Más mesas con un solo comensal al final, por la parte más económica, comiendo con las manos y en algunos casos literalmente “abocicados” sobre el plato, como si se tratara de la última comida de su vida.

Creo que comer es algo más que engullir o dejarse asesinar económicamente por un señor al que tratan de artista tipos con un complejo de inferioridad inversamente proporcional al peso de su cartera. Comer también es hablar pero afortunadamente hablar no siempre es comer.

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