Poder

Lo que debería ser un feliz y festivo trámite democrático, una simples elecciones municipales, se convierte en un tenso y crispado enfrentamiento ciudadano debido a la posibilidad -convertida en miedo, o auténtico terror- de perder el poder que hasta ahora se detenta, suceso que por otra parte debería ser algo tan asumido como normal. Pero no, no es ese el caso, incluso este pequeño y vecinal poder municipal inyecta en las venas de sus hasta ese momento representantes una despótica arrogancia que va más allá de la mera ambición, transformando a las mismas personas que ayer mismo no dejaban de ser un vecino más, a quien saludabas en el bar o por la calle cuando te cruzabas con él, en un energúmeno ambicioso y violento que de pronto desconoce el respeto y las más elementales normas de convivencia democrática.

No hay nada como observar, o sufrir en las mismas mesas de votación, el comportamiento y maneras de quienes temen perder ese poder, o peor aún, el de sus supuestos seguidores o afiliados, transfigurados en día tan señalado en tensos lacayos moviéndose nerviosos entre presidentes, vocales y representantes de las otras fuerzas políticas, como auténticos animales de rapiña en busca de despojos de todo tipo -dígase incidentes, cosas que a mí no me parecen bien, tonos de voz, ordenes de trabajo, pequeños errores, maneras de hacer o dudas razonables por lo general pronta y cordialmente resueltas. Se trata de las formas de un tembloroso poder representado por una tropa de esbirros bien adiestrados sirviéndole en cuerpo y alma, tipos dispuestos a dejarse la piel en servicio a sus líderes y amos; ayer vecinos y hoy enemigos declarados, ayer personas con las que hablar e intercambiar pareceres y opiniones y hoy matones desafiantes, violentos y resentidos. Cerriles y vociferantes adefesios con los que es muy difícil ya no hablar sino intercambiar cualquier comentario, tampoco acerca del tiempo.

Desde primera hora su presencia se hace molesta e inconveniente, difícil de llevar porque se trata de tipos que en tales circunstancias se mueven sorpresivamente o por detrás, y si los tienes delante se esconden tras gestos ridículamente serios incapaces de mirarte a los ojos. Permanentemente vigilantes y prontos a la amenaza, desafiantes cuando los presidentes o vocales son hombres a los que intimidar y agobiantes e irrespetuosos cuando esos puestos los ocupan mujeres, sí, bien adiestrados respecto dónde y a quiénes presionar.

Que un partido político como el PSOE exhiba tal muestrario de maneras caciquiles, clientelistas y pseudofascistas dice mucho, o todo, de la corruptora ambición y la podredumbre moral que el poder induce en las personas, tipos que ya no puedes volver a ver y considerar vecinos. En el caso de quienes todavía se mantienen en el poder, desesperadamente agarrados a cargos y sinecuras, porque su único horizonte vital es su perpetuación en el puesto a toda costa, caiga quien caiga; y respecto a quienes por entonces se convierten en auténticos matones -pobres diablos-, peligrosos estómagos agradecidos capaces de todo, incluso no conocer a quien hasta ayer mismo saludaban y respetaban, toda una declaración de principios.

Nos gusta creer que los tiempos han cambiado y hemos evolucionado o progresado, da igual, ninguno de los dos términos me parece válido, pero no, seguimos arrastrando las mismas miseria e ignorancia que cualquier tiempo pasado en el que detengamos la vista. Peor incluso, porque eso significa que todo lo sucedido no ha servido para nada. No necesitaremos que nos invada ninguna civilización extraterrestre, ningún Thanos que nos volatilice con un chasquido de sus dedos, porque nosotros mismos nos autodestruiremos.

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