Volvían a eliminarlo de la partida en juego cuando entraba un nuevo mensaje, cansado de perder decidió cambiar de registro y lo abrió. Una foto enviada por una amiga que supuestamente le debía interesar, aunque en principio no vio el por qué, no los conocía, pero, mirándola bien, sí reconocía a una amiga de su amiga, pero no a su pareja; además, qué le importaban aquellos dos mirándose acaramelados. Pero no la borró ni salió de la aplicación de inmediato, extrañamente atento a lo que tenía en la pantalla y aún sin reconocer qué era lo que estaba viendo, o acababa de ver. Dos tortolitos comiéndose con los ojos, ¿y qué? Acto seguido una sensación reconfortante no tan placentera como debiera alteró su atención; era curioso, aquella mirada contenía mucho más de lo que mostraba a primera vista, se intuía pero no cómo explicarlo. Ni el encuadre ni el lugar donde se hizo la foto eran importantes, ni la hora, normales, no había motivos; nunca los había visto pero era como si los conociera de toda la vida, los mismos de siempre poseídos por una sincera ingenuidad que valía mucho más que la propia instantánea; embargados por una tierna fragilidad que solo ofrece la confianza más ciega dando sólida consistencia a lo que en ese mismo instante solamente tú estás sintiendo, sin dobleces, sin cartas guardadas, tal cual era y eran, débiles y quebradizos, lo que no era poco. Aquellos dos imbéciles estaban enamorados, eso era indudable, y lo mostraban con un candor y una dulzura de los que probablemente no eran conscientes, o sí, pero esas cosas es difícil explicarlas, se sienten y tal cual las sientes se muestran, sin máscaras ni reservas.
A continuación sintió cómo la punzada se hacía más aguda, sin menoscabo ni disminución del placer ante lo que estaba viendo pero vuelta inesperadamente hacia sí, sentado en la penumbra de su habitación, frustrado por una nueva derrota o por precisamente las sombras que lo rodeaban, tan ajenas al sol que lucía al otro lado de la ventana. Resopló pero no quitó la imagen de la pantalla, allí seguía, gritándole muda algo que no acababa de entender, o no quería entender, ni sentirse aludido cuando a él ni le iba ni le venía. Regresó al juego, había comenzado otra partida y cuando intentó sumarse a su equipo no se sintió con fuerzas, o ganas, tampoco supo si cansado o aburrido. Miró alrededor en la semioscuridad de la habitación, a aquellas paredes que se sabía de memoria y suspiró, pero no se movió ni intentó levantar la persiana hasta arriba para que entrara la luz del sol. Prefirió permanecer en la misma y oscura posición pero regresó a la foto, a aquellos dos mirándose como gilipollas, como si no hubiera otra cosa en el mundo que aquella mirada, y volvió a sentir la misma punzada que en esta ocasión le dolió más porque se parecía mucho a la envidia. ¿Pero de qué? ¿de la felicidad de otros? ¿por qué? No es que disfrutara o le gustara especialmente la escena ¿entonces? Qué le estaba ocurriendo. Lo requerían en el juego pero no hizo caso, de pronto no le apetecía meterse en otra guerra de mentira, en otro Mordor eliminando avatares infantiles que nacen y mueren escupidos y masacrados por una cadena de montaje organizada por el mismo demonio, la cuestión era impedirles ver la luz, como él.
Dejó la silla, el ordenador y salió de la habitación, de pronto necesitaba desesperadamente de la luz del sol.