De pronto estaba parado a un lado de la calle, a un metro escaso de la acera, un cuerpo completamente inútil para el movimiento y sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Tardó segundos en ser consciente de lo que estaba sucediendo, pocos, tal vez décimas, los primeros instantes tras la nerviosa repetición de unas órdenes completamente inútiles por parte de su cerebro y, ahora sí, el sorprendente reconocimiento de su inesperada inmovilidad. Desechó el error cuando fue reflexivamente consciente del fallo en su organismo, a medida que se sucedían los segundos nada que ver con algo pasajero o una falsa alarma, daba igual si accidental o definitivo, porque algo en su cerebro o en su sistema nervioso había dejado de funcionar y un terror del que no sentía ninguna manifestación física comenzaba a abrumarle como nunca antes; sin cesar de enviar órdenes a unas extremidades que no respondían, como tampoco sentía, ni mirarlas. Incluso hubo de reconocerse sorprendido por tener que ordenar a sus pies que caminaran cuando, exceptuando aquel momento, nunca antes recordaba haberlo hecho; se trataba de actos reflejos e inconscientes en los que jamás se había parado a pensar. De pronto esa inercia había dejado de funcionar, ¿lo que quería decir? ¿Qué estaba fallando en su cuerpo? ¿o en su cabeza? Sorprendentemente tampoco sentía dolor.
Nadie de los que pasaban a su lado parecía advertirlo, simplemente lo evitaban y proseguían, algunos con reacciones rápidas y evasivas que no disimulaban su sorpresa pero sobre la que no volvían. Cada cual a lo suyo, moviéndose inconscientemente absortos en sus propios asuntos y esquivándolo con más o menos presteza cuando casi tropezaban con él. Increíble que en una calle en fiestas, atestada de gente, alguien pudiera permanecer quieto sin organizar un tumulto, en el centro de un incesante trasiego, grupos en plena diversión, matrimonios, parejas con carritos y niños o tipos que caminaban rápido hacia una cita sin tiempo para detenerse o preocuparse de lo que en aquellos momentos solo era un obstáculo en su camino.
Se creyó sudando de impotencia y temor por seguir todavía allí, quieto y sin saber qué era lo que le estaba ocurriendo, qué importancia tenía, si temporal o definitivo, además del inevitable por qué. Si alguien se hubiera fijado en su rostro probablemente se habría alarmado tanto como lo estaba él y tal vez se habría parado a preguntarle; pero en ningún momento fue así, allí seguía, cagado de miedo y completamente solo en medio de tanta gente, en su propio pueblo, en su casa y rodeado de vecinos y conocidos con los que probablemente se tropezaría todos los días sin saludos ni dirigirse la palabra. Pero ahora no era lo mismo.
No sabría decir si la siguiente impresión, además de la soledad, fue la sensación de no existir, de no haber existido nunca; todo lo que le había rodeado y en aquellos instantes le rodeaba seguía allí en aquellos momentos, en movimiento pero sin él, porque no estaba, que era casi como decir que nunca había estado y lo que supiera, sintiera o amara de aquello jamás habría existido; ni la insignificancia de una gota en el océano, mucho peor, mucho más desasosegante y aterrador. Tampoco un objeto de utilidad pública que cualquiera puede usar, allí plantado o instalado con un motivo concreto. Nada de eso, ni un estorbo, ni una piedra o un bote que puedes golpear como si fuera una pelota, porque, curiosamente, a él nadie le iba a golpear, además de no hacerle caso.
Perdida la consciencia del propio tiempo, si pronto o tarde, intentó rehacerse buscando qué hacer, cómo reaccionar, una alternativa, cómo actuar o pedir de algún modo ayuda a alguno de aquellos que directamente lo ignoraban, hablarle, pararlo y decirle que… Pero precisamente cuando intentó abrir la boca para dirigirse al primero…