Situaciones similares a esta proliferan a lo largo del día, constantemente, todos los días; circunstancias, coincidencias o tropiezos que probablemente nos adelantan por ambos lados más a menudo de lo que llegamos a percibir, sin advertirlo y sin tiempo para que alcancen a interesarnos, y si da la casualidad de que nos detenemos accidentalmente en ellas lo hacemos de pasada o molestos porque nos hemos demorado en algo que no nos afecta y en algunas ocasiones no deja de ser una indiscreción. En mi caso estaba sentada a mi lado, hombro con hombro, y por mi parte no tenía otra cosa que hacer que aguardar a que el tren llegara a su destino y no me apetecía echar mano del teléfono móvil, tal vez porque todos los que me rodeaban ya lo hacían, por cualquier motivo o por ninguno. Es curioso que cuando una persona se sube a un tren o llega a una sala de espera, o tiene que aguardar su turno en una fila, su primera reacción sea mirar el teléfono con gesto de premura o preocupación, pocas veces porque lo requieran o necesiten con urgencia, tampoco por algo que traía a medias o debía ver de inmediato, aquello tan interesante que llevaba posponiéndose hacía demasiado tiempo. Si a usted le toca aguardar y observa a esa persona que acaba de llegar comprobará cómo en tan solo décimas de segundo, después de saludar, o directamente sin saludar -la educación está dejando de ser importante-, el nuevo o la nueva, entre ausente e indiferente o con cara de circunstancias, inmediatamente se pondrá a salvo encapsulándose en su pequeño dispositivo, dando la espalda al lugar y ambiente en el que en esos precisos momentos se halla.
He llegado a pensar que el motivo principal de estos comportamientos tal vez sea una incipiente reserva o temor hacia el contacto directo con los demás -en muchos casos simplemente presencial-, ni siquiera discreción o prudencia, como si el simple estar unos junto a otros, sea cual fuere el motivo -no digamos preguntar o verse en la obligación de responder-, o simplemente ninguno, conllevara un punto de desconfianza que nada tiene que ver con el desconocimiento, lo que provoca un primario estado de alerta que puede convertir un simple intercambio de frases casi en una afrenta. Una predisposición, actitud y conducta que, llegado el momento crucial, hace que nuestro propio cerebro colapse sobre una pequeña pantalla, en un gesto que se ha convertido en un acto reflejo que el recién llegado es incapaz de detener, o al menos corroborar con su voluntad. Más bien se trata de un movimiento de protección o salvaguarda tan instintivo e inmediato que cualquier intento de obviarlo, pensarlo o incluso dejarlo para después siempre llega tarde; algo tan inconsciente como el propio caminar.
Hecho el inciso y de regreso al tren, durante el tiempo en el que permanecimos uno al lado de la otra, como imaginarán, no hubo un solo segundo en el que mi acompañante ocasional dejara de mirar y actuar sobre el teléfono móvil; tampoco cuando, aburrida de marear las mismas páginas y pantallas accionándolas hacia arriba y abajo, desistía cansada levantando momentáneamente el pulgar de la pantalla. El pequeño espacio en negro duraba segundos, o menos, quizás porque aparentemente no había nada interesante que mirar en el mundo real, precisamente allí donde siempre hay algo llamativo o destacado que ver, como simple observadora o curiosa impenitente. Ese mínimo tiempo que permanecía in albis no daba para mucho más porque casi de inmediato y con incomprensible celeridad volvía a dibujar el patrón de acceso regresando a las mismas páginas que acaba de abandonar, concediéndose mínimas pausas, casi microscópicas, en las que escarbaba entre sus nerviosas neuronas -cuestión de décimas de segundo- tratando de atrapar alguna ocurrencia u obviedad que la reenganchara al dispositivo; no hacía falta motivo o persona, ya que todo el proceso era pura inconsciencia aderezada por la casualidad de quién o qué caía en ese momento ocasionalmente bajo su mirada. Y así ininterrumpidamente, sin descanso, abstraída del mundo real no por voluntad propia sino por el dispositivo mismo -el objeto-, de espaldas al tiempo real, el único que cuenta y carece de marcha atrás, poseída por un vértigo que no tiene dónde conducir.