Los expertos parecen estar de acuerdo en cuanto a la actividad del volcán que nos tiene entretenidos desde algo más de un par de meses, la intensidad de sus expulsiones tiende a disminuir, aunque no lo afirman con total seguridad, su profesionalidad les hace ser cautos a la hora de vaticinar unos comportamientos geológicos que nada tienen de humanos.
Profesionalidad y acierto que también son las cualidades de quienes tuvieron la brillante idea de instalar esa cámara fija frente al volcán que desde hace semanas nos pone, día tras día, en contacto con una naturaleza en su estado más primigenio, creando ese efecto hipnótico que en muchas ocasiones me hace permanecer durante unos minutos atento a un espectáculo al que un persistente rumor, tan sugestivo y emocionante como amenazador, da el toque indispensable para hacerlo sentir único.
Y como fondo de las imágenes el tenso y expectante silencio de una naturaleza que no tiene nada de muerta. Dejaron de oírse los ladridos de algún perro cercano, como tampoco pueden verse las luces de los coches de policía que durante los primeros días se movían de un sitio a otro supongo que vigilando, informando o ayudando a la población en unos momentos únicos en sus vidas que probablemente nunca olvidarán; o personas y vehículos recogiendo enseres y objetos de primera necesidad, también curiosos, junto a nativos evaluando la situación o su propia desgracia. En la actualidad únicamente puede oírse, junto al permanente rumor del volcán como fondo, algún que otro gallo mañanero saludando al nuevo día.
Durante estas semanas hemos podido disfrutar de un despliegue de luces, colores y contrastes que solo la naturaleza puede ofrecer, de amaneceres y atardeceres que incluso y a pesar de la persistente penumbra que imponían humos, cenizas y explosiones se mostraban en toda su pureza, la de una tierra como lo fue entonces, quizás más tierra de la que hoy nos hemos habituado a ver y habitar, sin domesticar, joven y vigorosa, algo más que corteza colonizada por, entre otros, millones de insectos de dos patas. Y junto a los contrastes diurnos un contrapunto nocturno de negros, rojos, naranjas y amarillos que te ataban a la pantalla, si cabe, mucho más que las imágenes diurnas, en muchos casos correlato real de catástrofes distópicas o estampas del infierno como cualquier infierno anteriormente concebido por la imaginación humana.
Una excepcional contemplación que, sin embargo, también es signo de impotencia, la de una especie que sobre el papel todo lo puede pero que en este caso se ha visto obligada a detenerse a causa de fuerzas mucho mayores que las que ella misma ha llegado a crear, ante las cuales nada o casi nada permanece. Solo queda observar atados en cierto modo de pies y manos, y ponerse a salvo, así como los pertrechos más necesarios; también calcular y predecir, provistos de nuestras herramientas matemáticas y físicas, sobre un futuro próximo que nunca es definitivo, quizás porque es simplemente natural, el propio planeta imponiéndose de forma más bien básica sobre todo lo parásito que transporta adherido a su corteza.
Quizás mi perspectiva no tenga mucho que ver con la de tantos curiosos que se han trasladado y trasladan al lugar, imagino que para contemplar algo único, amén de enviar selfis y fotografías a amigos y conocidos menos afortunados, demostrando con ello que ellos sí estuvieron allí. Quiero imaginar que la mayoría se sentirán impresionados y sobrecogidos por algo muy parecido a lo que también, aunque en menor medida, sentimos quienes, contemplando las imágenes de esa maravillosa cámara fija que nos traslada a otro mundo, nos admiramos ante una naturaleza que poco o nada tiene que ver con la vida y este planeta tal y como estamos habituados a vivirlo y entenderlo.