Lotería

Sentado en aquel sillón que tanto odiaba, tan enfadado como aburrido de que siempre fuera el mismo y sin opciones, ni económicas ni imaginativas, para cambiarlo -hasta ahora-, rumiaba qué hacer con el dinero, con tanto dinero como, según sus cálculos, iba a recibir; eso sí, después de los correspondientes impuestos. Qué cabrones los de hacienda, para una vez que le tocaba algo tenían que venir a quitarle lo que era suyo. Ni le gustaba ni lo entendía, pero no le quedaba más remedio. Se quitaría de encima la hipoteca, aunque no, de momento quizás sería mejor dejarla como estaba y buscar un solar para hacerse la casa que quisiera, ahora que podía; y cambiaría de coche, uno más grande y más alto, que se viera mucho y no tuviera que agacharse para entrar. También estaba cansado del coche… Sonó el timbre de la calle. ¿Quién cojones sería? ¿Quién venía a interrumpir? Miró alrededor para certificar que estaba solo, luego tendría que levantarse y abrir. Justo cuando volvía a sonar. ¡Joder! qué impaciente. ¡A que no abro! Pero ya estaba junto a la puerta, girando el picaporte.

─ ¡Hola Mario! ─ ¡Tú! ¿Qué te trae por aquí? ─ Pues ya ves, a hacerte una visita. Hace mucho que no nos veíamos; ver que tal estás… ─ Pasa, pasa y siéntate. Estaba solo e iba a tomarme una cerveza -mintió-, ¿quieres una? ─ Vale, gracias. ─ Pasa al salón, enseguida vuelvo.

Qué querría este ahora; cuándo fue la última vez que se vieron, cómo sabía dónde vivía… Mientras abría la puerta de la nevera y cogía las cervezas no dejaba de cavilar, intrigado, sobre la visita de aquel primo que también era su primo carnal. ¿A qué se dedicaría ahora? ¿por qué venía a verlo? ¿para qué? De pronto tuvo una revelación o una sospecha, no supo qué, de la cual intentó deshacerse porque la consideraba… ¿un disparate? Qué sabría aquel de su premio de la lotería… y qué… ─ Estoy aquí, dámela… ─ ¡Ah! toma, aun te acuerdas de la casa -¿qué estaba diciendo? ─ Cómo no iba a acordarme, con los buenos momentos que hemos pasado aquí, juntos… ¿Hemos pasado? Desde cuando conocía esta casa o le había invitado a ella…

─ Mira, Mario, tengo un poco de prisa porque voy a recoger al crio al colegio. Te lo digo rápido y me voy. Tu lo piensas y luego me dices qué te parece. Mario no entendía nada. Ahora tenía prisa, entonces, ¿a qué había venido? ─ Me he enterado que te ha tocado la lotería; pero quédate tranquilo, no se lo he dicho a nadie, por eso no te preocupes. Pero es que ando necesitado de dinero y me vendría bien un pellizco de lo tuyo, por los tiempos pasados, además de que somos familia y entre familiares hay que ayudarse. También sé que es mucho dinero, por eso he venido, si hubiera sido menos no habría venido a molestarte. Pero con tanto probablemente va a sobrarte y no sabrás qué hacer con él, y no te importaría prestarme unos miles para saldar algunas deudas y tapar agujeros. Las cosas no nos van como quisiéramos y nos vendría bien que nos echaras una mano, total, tú ni te enterarías. No sé si ha venido o vendrá más gente, o por parte de la familia de tu mujer, pero he preferido ser el primero, luego los gorrones se acumulan y lo que iba a ser un favor acaba convertido en una molestia; hasta podrías enfadarte por tanto caradura como hay suelto. Pero en mi caso no es así, yo lo necesito, y qué mejor que prestárselo a quien lo necesita. A Mario no le daba tiempo a no dar crédito a lo que estaba oyendo, permanecía en el mismo sitio, con la cerveza en la mano y sin decir palabra, mientras el primo ya se había bebido la suya -¿cómo lo había hecho? ─ Está buena, ¡cómo se nota los que entendéis! Me alegro por ti. Bueno, lo dicho, imagino que pasará un tiempo antes de que te ingresen el dinero en el banco. Aunque según dicen lo hacen enseguida. No te preocupes, no te voy a dar la tabarra. Me llamas cuando consideres oportuno, te he apuntado mi teléfono -en un papel arrugado que dejó sobre la mesa-; cuando hagas cuentas y veas cuánto te sobra. Puedo volver a acercarme para decirte la cantidad, no me cuesta, y te repito que no es mucho, no lo vas a notar. Dicho lo cual dejó la botella vacía sobre la encimera y dio media vuelta. ─ No te molestes, conozco el camino… ¡han sido tantas veces las que lo he hecho! Hasta pronto. Espero noticias tuyas. ¡Ah! y enhorabuena por el premio. Te lo merecías, tu siempre has trabajado duro. Y desapareció; dejándolo con la cerveza en la mano, que comenzaba a calentarse, y todavía sin decidirse sobre el coche alto que se iba a comprar…

Esta entrada fue publicada en Relatos. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario