Dormimos en paz cuando nos ignoramos alejándonos de quienes somos en la vida real, o creemos que somos, cuando huimos de un presente con o sin propósito o interés que probablemente nos traiga de cabeza con la excusa de tener que vivirlo porque sí, porque es lo que tenemos, recelosos a la hora de reconocer que hay ocasiones en las que no es necesario ocuparlo o llenarlo, podemos detenernos y dejarlo en suspenso por simple voluntad, aunque nuestro cerebro crea que lo necesita porque sin él no encuentra coartadas o demostraciones. Disfrutamos de paz cuando nos permitimos ausentarnos de los demás -seguro que podemos-, cuando dejamos de preocupamos en primer lugar de nosotros mismos, tampoco por ellos, pueden esperar. Dormimos en paz cuando abandonamos el lugar donde yacemos, nos vamos sin saber dónde y sin que nos preocupe, aunque nuestro cuerpo no pueda hacer otra cosa que permanecer, incluso en nuestra contra, ya volveremos saludando al presente como felices recién llegados. Soñamos alejándonos del ahora que somos, cuando menos nos importamos, dedicados a errar por donde jamás volveremos, esos lugares irrepetibles y sin embargo originarios de nuestra inconsciencia, precisamente porque es cuando más libres nos sentimos, aunque luego, recuperados presente e identidad, nos asedien las preguntas y la ausencia de significados, o su irrelevancia, aplicados en la sospechosa tarea de hacernos entendibles incluso en contra de nosotros mismos, bordeando la ansiedad de no saber y la discutible labor de tener que saber para acreditar lo que probablemente no precisa justificación.
Frente a la paz del sueño y los sueños la vigilia es deber, exigencia y competencia, actualidad ineludible que apenas deja tiempo para la mera estancia o el sosiego, también débito y representación ante esos otros quienes nos hacen como en el fondo no terminamos de creernos, forzados a entendernos o a que jamás nos entendamos y hayamos de vivir y convivir en una contradicción permanente de la que nadie nos va a sacar. Esa vigilia también puede ser nuestro lado feliz contrario a la obscura indeterminación de los sueños, a su inaprensible existencia, o a su inexplicable y sorprendente irrelevancia -o sospechosa- por simple incapacidad para ir más allá por parte de una voluntad en muchos momentos cansada de dudas e interrogantes.
No hallarnos o reconocernos en la brevedad de un sentido, o en una descripción a la postre forzada, no es signo de nada, seguimos siendo mera existencia, ni mejores ni peores, tan capaces de soñar y vivir como hasta ese momento, porque no tener respuestas no es principio ni final de nada, como tampoco tienen principio ni final los sueños, sin que nos preocupe, simplemente los ocupamos, los vivimos, los soñamos como recién llegados sin responsabilidades, tan solo estar ahí, que no es poco, todo lo contrario.