Otro verano, para mucha gente que pasa o se va, para otros simplemente sucede, no hay cuenta ni medida. Puede que transitado incluso con esfuerzo, con la mismas dudas y perezas de siempre, o más, si cabe, hasta llegar a este respiro de alivio final o intersección que no significa nada importante, tan solo una costumbre adquirida no importa dónde ni cuándo, el intento de un somero balance o reflexión proveniente tal vez de otros veranos, otros momentos, ahora sí lo sabemos, que vistos desde la perspectiva actual ¡se parecen tanto! El mismo tiempo que, sin embargo, para otros tantos no cuenta porque para ellos el tiempo entra dentro de esas circunstancias secundarias que meramente regulan o parcelan lo que es realmente importante, el estar aquí, también el verano, aunque tampoco se sepa muy bien en qué consiste, ni importe, esa famosa vida que hay que vivir porque es lo que toca, el modo y las formas son otra cosa, nunca iguales -eso creemos-; en el fondo un mera repetición de la que no podemos escapar.
Pero aunque nos parezcan repetidos ese tiempo y esa vida nunca son los mismos, sobre todo y también para quienes vivir es fundamentalmente sentir, cuestiones bien diferentes, poseedores de un cuerpo sin trabas ni rigideces consideradas importantes en el que los días se acumulan como huecos que ir rellenando, o no, porque tampoco es necesario cumplir u ocupar, simplemente vuelves a levantarte y haces lo que te apetece, o lo que te dejan dentro de lo que te apetece, o lo que toca, o lo que no te queda más remedio en función de unas reglas y conductas de las que dependes de forma vital, también a tu pesar, tal que rutinas que exigen estricto cumplimiento so pena de caer en una detención sin pasado al que acudir, presente que doblegar o futuro al que aspirar, un estar sin horizonte aparente en el que siempre te ves obligado a echar mano de lo primero que encuentras, que, casualmente, siempre es uno mismo, lo que en algunos casos resulta realmente difícil.
Probablemente también para nosotros el verano habrá sido distinto, da igual el lado en el que nos hallemos o el lugar que ocupemos, aunque las miradas de los otros nos sigan pareciendo las mismas, no nos preocupen o las volvamos a echar de menos. Pero tal vez no sea momento para balances o más precauciones de las que venimos disfrutando, nos gusta creernos más avisados pero no prevenidos, la cuestión es si esta mínima experiencia de meses nos ha sido grata o continuamos atrapados en unas circunstancias que nunca nos gustaron del todo porque nos limitaban o se limitaban a moverse e ir acumulando de cualquier modo tanto lo bueno como lo malo que nos iba sucediendo. Otro verano distinto, seguro que sí, a poco que intentemos abarcarlo con el pensamiento, en algunos casos probablemente sin nada que ver con el resto, de eso se trataba, y a pesar de algunas tormentas de última hora intentando borrar todo vestigio conocido con la vana pretensión de hacerlo diferente. Pero no, no hay que darle más importancia de la que tiene, otro verano, el mismo prolegómeno de otra época presumiblemente más oscura o, por qué no, más feliz, de la que también habremos de despedirnos a su tiempo, pero eso es otra cuestión.