Parejas

Uno de los pilares básicos de las sociedades humanas es la pareja heterosexual, y que esto sea así tiene sus causas o sinrazones -en las que no voy a entrar. Como toda costumbre en origen no deja de ser algo impuesto, y probablemente uno de los motivos de tal imposición, si no el más importante, fuera el económico, porque no cabe duda que el poder que concede la riqueza y su transmisión es más que suficiente para marcar el modo y ritmo de vida de las sociedades humanas, y esto viene siendo así desde el principio de la historia. Lo que no tiene esta convención, costumbre o tradición es nada de natural, la naturaleza no se dedica a transmitir herencias que no sean exclusivamente biológicas, y la especie humana hace ya tiempo que se mueve y multiplica al son de las convenciones culturales o religiosas. Que hay gente que prefiere creer en lo natural porque de ese modo la foto que tiene de su propia vida no le sale sepia pues mejor para ellos, pero en esto no hay nada de naturaleza ni de necesidad, otra justificación absurda donde las haya.

Es de creencia común que a este vínculo se accede, entre otras cuestiones, por convencimiento y voluntad de los aspirantes, también por obligación u obediencia -pero tampoco es momento de entrar en ello. Luego, la vida en común vendrá aderezada con una serie de inevitables contingencias que darán sabor y enriquecerán la relación, así como como individualmente a cada uno de sus integrantes; y si a todo ello se le suma el “amor”, casi la felicidad completa. Lo del amor entre comillas es debido a su difícil catalogación, a su cuestionable existencia e intangibilidad y porque el amor para nada necesita de la convivencia en pareja.

También es sabido, o supuesto, que entre las dos partes ha de haber algo que compartir, además del manido amor, una serie de concurrencias, gustos, aficiones, temperamentos o cualquier otra cosa que se nos ocurra y pueda actuar como argamasa de una vida en común que en ningún momento debería ser estática, todo lo contrario, se trata de una relación en constante movimiento y renovación, de igual modo que lo van haciendo sus integrantes. Este proyecto de vida en común nunca habría de concebirse como algo definitivo, como una conquista, o una victoria quizás muerta desde su mismo inicio; tampoco como un mero disfrute compartido como única regla de convivencia, o cualquier artificio que las atribuladas parejas pudieran inventarse para justificar la pervivencia de un hartazgo que en algún que otro caso comenzó el primer día en el que decidieron acostarse juntos.

Pero más importante aún que todas esas felices coincidencias es lo que cada cual aporta como diferencia, es más, diría que lo que fortalece la vida en pareja es precisamente lo que no se tiene en común, las vidas particulares, y por separado, de cada una de las partes, ya sea trabajo u ocio. Porque sucede que estamos mal habituados a seleccionar y fijar en la otra parte lo que nos gusta, sabemos y conocemos, haciéndolo único, lo que en cierto modo viene a ser limitar a la otra persona, convertirla en una especie de guante al que nos aferraremos y convertiremos en parte y/o pena fundamental de la vida en común. Una familiaridad en zapatillas en la que nos gusta regodearnos de forma complaciente, principalmente porque en nuestra miopía nos acomodamos creyendo que la otra persona es realmente así, exigencia convertida en realidad única.

Semejante simpleza tiene mucho ver con el egoísmo y la desidia y nada con el obligado respeto del uno al otro/a. Se constituye, pues, una rara y peculiar atmósfera familiar -familiar, que palabra tan sospechosa, la de falsedades y podredumbre que puede llegar a contener- que tiene la particularidad de ser única y doble al mismo tiempo, la que cada una de las partes cree entender, controlar y hasta dominar, siempre según el propio punto de vista. Con ello se va creando un doble contexto, escenario o entorno que acaba transformándose en puro desinterés e indiferencia, o en cabreo cuando un comportamiento cualquiera resulta que no es el que entraba en alguna de las previsiones de vida en común.

Deberíamos incentivar y fortalecer precisamente aquello que desconocemos de nuestra pareja, esa parte del otro/a que es más él/ella de lo que pensamos, y convencernos de que precisamente eso es lo que valoriza una relación; esos movimientos autónomos e independientes por momentos, lugares y con gente que ignoramos, y lo que es más interesante, esa parte desconocida de una vida conocida que, si todo funciona felizmente, suele acabar donde nosotros, precisamente porque, entre todo lo que tiene a mano o a su disposición, hay alguien que sigue ocupando un lugar privilegiado en su cabeza, quizás también en su corazón, y le hace regresar.

 

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