No sé si es un dicho, un comentario a tiempo u otro invento más para convencer al oyente de las bondades del producto, me refiero a aquello de que el dinero no da la felicidad pero ayuda, afirmación que, después de oída, cada cual lleva inconscientemente al terreno personal haciéndose una composición de lugar e intentando proyectar el resultado en el caso de tenerlo; imagen o imágenes que, de pronto, iluminan favorablemente esas cuentas pendientes que hasta entonces quizás no parecían importantes o preocupantes pero que, mágicamente solucionadas, abren una perspectiva desde la que nada parece sinónimo de todo. No es precisamente la felicidad, o tal vez sí, pero el sujeto alcanza a sentirse a lomos de su propia voluntad contemplando el futuro.
Pero para que esa supuesta felicidad proporcionada por el dinero pueda hacerse propia, hasta para el más reacio a ella, es preciso que, de algún modo, sus hipotéticas y felices consecuencias sean o estén a la vista. Por y para eso existe la ostentación, la manera y medio por el cual los que disponen de dinero dejan ver que lo poseen y en bastantes casos gustan pavonearse de ello -las formas son infinitas; actitudes y comportamientos con los que, quienes poseen ese medio tan esquivo como selectivo, abren el camino o directamente inventan los sueños del resto. Una continua exhibición que tiene por fin provocar y facilitar un movimiento de autoregeneración que sostiene y mantiene en constante crecimiento -hacia dónde no es el problema- la casi totalidad de las actuales sociedades humanas. Una publicidad, interesada o no -fijarse es un acto bien corriente-, suficiente para atraer miradas, incluso de reojo, y despertar deseos que de otro modo simplemente no existirían; anhelos, apetencias, sueños y posibles posesiones, da igual si ficticias o innecesarias, por las que una gran mayoría está dispuesta a dejarse la piel, la felicidad -esa otra que nunca acaba sabiéndose qué es o dónde está- y si fuera necesario la propia vida.
Ostentación, además, esencial o indispensable para fomentar otro de los palos que sostienen el invento, la envidia, ese íntimo y problemático deseo, y al parecer tan comprometedor, que algunos se sienten en la necesidad de justificar en sí mismos con ese hipócrita oxímoron de envidia sana, justificación absurda que cae por su propio peso. Siempre será mejor alegrarse sinceramente. Pero ¿quién puede hoy afirmar que su alegría no contiene un poso amargo que ¡vete a saber! cómo ha aparecido ahí y por qué nos incomoda de ese modo? Hoy es imposible sentirse puro o imparcial, tanto da, como también es imposible creerse sincero al ciento por ciento; estamos permanentemente zarandeados por miles de mensajes que, con solo salir a la calle, se incrustan en nuestro subconsciente llegando a sentirlos como si siempre hubieran estado ahí, hubieran sido nuestros. Tal vez por eso una suerte siempre sospechosa, y hasta ruin, aparece sobrevalorada frente al esfuerzo, y la envidia gana a la alegría y la admiración.
Envidia que no está sola, pues desgraciadamente sirve para espolear otros deseos en principio no tan manipulables o asépticos, como la codicia, auténtico raptor de voluntades, no sé si colectivas pero y sobre todo individuales; motor íntimo y cicatero que, tras el obligado por qué yo no, suele dejar vía libre a una voluntad que a partir de entonces se convertirá en guía sin condiciones que no parará en medios con tal de conseguir lo que se le ocurra o apetezca. Porque en el caso de la codicia no existe la complementariedad, ni la solidaridad, tampoco la colaboración, sino que, como si las armara el mismo diablo, se trata del fomento de actitudes individuales e individualistas que se nutren a partir de una descarnada competencia que acaba siendo entendida, y hasta justificada, como natural, si puede decirse natural de esos instintos y deseos más íntimos en franca contradicción con ese despojarse de parte de sí mismo que exige el bien común.
Hasta aquí un largo camino que, en primera o última instancia, se sustenta en todo momento en el principal componente de este jeroglífico económico que he intentado retratar, la fe; no esa fe religiosa que no necesita pruebas -como tampoco son necesarias pruebas para rechazarla-, sino una fe, tan sutil como poderosa, que, desde su nacimiento, ata el corazón y la voluntad de cada individuo al sistema. Porque, a fin de cuentas, todos vivimos en él y de él, por lo que si a unos o a muchos de algún modo les favorece ¿por qué no me va a favorecer a mí si persisto en mi devoción de colaborar y participar en el mismo? Viene a ser como la lotería, si tantos dicen que les toca (?) por qué no me va a tocar a mí… la misma fe en la que se apoya la propaganda para sacar de la duda al que, para su desgracia, todavía piensa que hay gato encerrado, que este gigantesco montaje alrededor del dinero tiene trampa porque en el fondo sé que a mí jamás me va a tocar si no es a costa de mi propia vida… pero ¿qué vida crees que estás viviendo?
-
Entradas recientes
Archivos
- febrero 2026
- enero 2026
- diciembre 2025
- noviembre 2025
- octubre 2025
- septiembre 2025
- agosto 2025
- julio 2025
- junio 2025
- mayo 2025
- abril 2025
- marzo 2025
- febrero 2025
- enero 2025
- diciembre 2024
- noviembre 2024
- octubre 2024
- septiembre 2024
- agosto 2024
- julio 2024
- junio 2024
- mayo 2024
- abril 2024
- marzo 2024
- febrero 2024
- enero 2024
- diciembre 2023
- noviembre 2023
- octubre 2023
- septiembre 2023
- agosto 2023
- julio 2023
- junio 2023
- mayo 2023
- abril 2023
- marzo 2023
- febrero 2023
- enero 2023
- diciembre 2022
- noviembre 2022
- octubre 2022
- septiembre 2022
- agosto 2022
- julio 2022
- junio 2022
- mayo 2022
- abril 2022
- marzo 2022
- febrero 2022
- enero 2022
- diciembre 2021
- noviembre 2021
- octubre 2021
- septiembre 2021
- agosto 2021
- julio 2021
- junio 2021
- mayo 2021
- abril 2021
- marzo 2021
- febrero 2021
- enero 2021
- diciembre 2020
- noviembre 2020
- octubre 2020
- septiembre 2020
- agosto 2020
- julio 2020
- junio 2020
- mayo 2020
- abril 2020
- marzo 2020
- febrero 2020
- enero 2020
- diciembre 2019
- noviembre 2019
- octubre 2019
- septiembre 2019
- agosto 2019
- julio 2019
- junio 2019
- mayo 2019
- abril 2019
- marzo 2019
- febrero 2019
- enero 2019
- diciembre 2018
- noviembre 2018
- octubre 2018
- septiembre 2018
- agosto 2018
- julio 2018
- junio 2018
- mayo 2018
- abril 2018
- marzo 2018
- febrero 2018
- enero 2018
- diciembre 2017
- noviembre 2017
- octubre 2017
- septiembre 2017
- agosto 2017
- julio 2017
- junio 2017
- mayo 2017
- abril 2017
- marzo 2017
- febrero 2017
- enero 2017
- diciembre 2016
- noviembre 2016
- octubre 2016
- septiembre 2016
- agosto 2016
- julio 2016
- junio 2016
- mayo 2016
- abril 2016
- marzo 2016
- febrero 2016
- enero 2016
- diciembre 2015
- noviembre 2015
- octubre 2015
- septiembre 2015
- agosto 2015
- julio 2015
- junio 2015
- mayo 2015
- abril 2015
- marzo 2015
- febrero 2015
- enero 2015
- diciembre 2014
- noviembre 2014
- octubre 2014
- septiembre 2014
- agosto 2014
- julio 2014
- junio 2014
- mayo 2014
- abril 2014
- marzo 2014
- febrero 2014
- enero 2014
- diciembre 2013
- noviembre 2013
- octubre 2013
- septiembre 2013
- agosto 2013
- julio 2013
- junio 2013
- mayo 2013
- abril 2013
- marzo 2013
- febrero 2013
- enero 2013
- diciembre 2012
- noviembre 2012
- octubre 2012
- septiembre 2012
- agosto 2012
- julio 2012
- junio 2012
- mayo 2012
- abril 2012
Categorías
Meta