Dinero (y 4) (Felicidad)

No sé si es un dicho, un comentario a tiempo u otro invento más para convencer al oyente de las bondades del producto, me refiero a aquello de que el dinero no da la felicidad pero ayuda, afirmación que, después de oída, cada cual lleva inconscientemente al terreno personal haciéndose una composición de lugar e intentando proyectar el resultado en el caso de tenerlo; imagen o imágenes que, de pronto, iluminan favorablemente esas cuentas pendientes que hasta entonces quizás no parecían importantes o preocupantes pero que, mágicamente solucionadas, abren una perspectiva desde la que nada parece sinónimo de todo. No es precisamente la felicidad, o tal vez sí, pero el sujeto alcanza a sentirse a lomos de su propia voluntad contemplando el futuro.
Pero para que esa supuesta felicidad proporcionada por el dinero pueda hacerse propia, hasta para el más reacio a ella, es preciso que, de algún modo, sus hipotéticas y felices consecuencias sean o estén a la vista. Por y para eso existe la ostentación, la manera y medio por el cual los que disponen de dinero dejan ver que lo poseen y en bastantes casos gustan pavonearse de ello -las formas son infinitas; actitudes y comportamientos con los que, quienes poseen ese medio tan esquivo como selectivo, abren el camino o directamente inventan los sueños del resto. Una continua exhibición que tiene por fin provocar y facilitar un movimiento de autoregeneración que sostiene y mantiene en constante crecimiento -hacia dónde no es el problema- la casi totalidad de las actuales sociedades humanas. Una publicidad, interesada o no -fijarse es un acto bien corriente-, suficiente para atraer miradas, incluso de reojo, y despertar deseos que de otro modo simplemente no existirían; anhelos, apetencias, sueños y posibles posesiones, da igual si ficticias o innecesarias, por las que una gran mayoría está dispuesta a dejarse la piel, la felicidad -esa otra que nunca acaba sabiéndose qué es o dónde está- y si fuera necesario la propia vida.
Ostentación, además, esencial o indispensable para fomentar otro de los palos que sostienen el invento, la envidia, ese íntimo y problemático deseo, y al parecer tan comprometedor, que algunos se sienten en la necesidad de justificar en sí mismos con ese hipócrita oxímoron de envidia sana, justificación absurda que cae por su propio peso. Siempre será mejor alegrarse sinceramente. Pero ¿quién puede hoy afirmar que su alegría no contiene un poso amargo que ¡vete a saber! cómo ha aparecido ahí y por qué nos incomoda de ese modo? Hoy es imposible sentirse puro o imparcial, tanto da, como también es imposible creerse sincero al ciento por ciento; estamos permanentemente zarandeados por miles de mensajes que, con solo salir a la calle, se incrustan en nuestro subconsciente llegando a sentirlos como si siempre hubieran estado ahí, hubieran sido nuestros. Tal vez por eso una suerte siempre sospechosa, y hasta ruin, aparece sobrevalorada frente al esfuerzo, y la envidia gana a la alegría y la admiración.
Envidia que no está sola, pues desgraciadamente sirve para espolear otros deseos en principio no tan manipulables o asépticos, como la codicia, auténtico raptor de voluntades, no sé si colectivas pero y sobre todo individuales; motor íntimo y cicatero que, tras el obligado por qué yo no, suele dejar vía libre a una voluntad que a partir de entonces se convertirá en guía sin condiciones que no parará en medios con tal de conseguir lo que se le ocurra o apetezca. Porque en el caso de la codicia no existe la complementariedad, ni la solidaridad, tampoco la colaboración, sino que, como si las armara el mismo diablo, se trata del fomento de actitudes individuales e individualistas que se nutren a partir de una descarnada competencia que acaba siendo entendida, y hasta justificada, como natural, si puede decirse natural de esos instintos y deseos más íntimos en franca contradicción con ese despojarse de parte de sí mismo que exige el bien común.
Hasta aquí un largo camino que, en primera o última instancia, se sustenta en todo momento en el principal componente de este jeroglífico económico que he intentado retratar, la fe; no esa fe religiosa que no necesita pruebas -como tampoco son necesarias pruebas para rechazarla-, sino una fe, tan sutil como poderosa, que, desde su nacimiento, ata el corazón y la voluntad de cada individuo al sistema. Porque, a fin de cuentas, todos vivimos en él y de él, por lo que si a unos o a muchos de algún modo les favorece ¿por qué no me va a favorecer a mí si persisto en mi devoción de colaborar y participar en el mismo? Viene a ser como la lotería, si tantos dicen que les toca (?) por qué no me va a tocar a mí… la misma fe en la que se apoya la propaganda para sacar de la duda al que, para su desgracia, todavía piensa que hay gato encerrado, que este gigantesco montaje alrededor del dinero tiene trampa porque en el fondo sé que a mí jamás me va a tocar si no es a costa de mi propia vida… pero ¿qué vida crees que estás viviendo?

Esta entrada fue publicada en Sociedad. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario