No es nada extraño detenerse ante un escaparate en cualquier pueblo o ciudad y leer, o no leer, la cartelería y los reclamos publicitarios ofrecidos al paseante, y digo no leer porque en muchos de ellos la lengua en la que se pretender detener, atraer y vender al posible cliente es la lengua inglesa.
Pero no estamos en Inglaterra, como tampoco estamos en ningún país del Reino Unido, ni pertenecemos, podría ser el caso, a la Commonwealth, sino en España, uno de los mayores países europeos en el que el idioma común es el castellano -para otros español, pero eso sería otro tema-, lengua que viene utilizándose desde hace siglos como medio de comunicación entre nativos y algún que otro visitante.
En tal caso, detenidos ante un escaparate, una de las opciones podría ser la de entrar en el establecimiento en cuestión y hablarle directamente en inglés a los empleados, probablemente nos entenderían, responderían y nos mostrarían lo que hemos entrado a buscar y comprar; después de lo cual nos despediríamos agradecidos y todos tan contentos, hasta aquí ningún problema, nada más fácil. ¡Ah! también nos podrían cobrar en libras, a juego con el idioma. Pero, si a nuestras preguntas o solicitudes en inglés no obtenemos respuesta sino una cara de extrañeza, risas, o simple vergüenza, como si estuviéramos hablando en chino -pero se trata de inglés, algo muy común-, lo correcto sería darnos la vuelta y largarnos por donde hemos venido, eso sí, después de despedirnos educadamente de los empleados. Con tal actitud, multiplicada por todos aquellos que hablen inglés, podrían ocurrir dos cosas, que los establecimientos con publicidad en inglés vendieran cada vez menos y se vieran en la obligación de cerrar y dedicarse a otros menesteres o, más fácil, barato y rentable, que cambiaran el idioma de la publicidad al exterior, mejor en español (o castellano), lo más sensato, y de ese modo todos podríamos entendernos de maravilla, ellos venderían lo que ofrecen y nosotros saldríamos igual de contentos que en el primer caso con nuestra nueva adquisición.
Claro, pero resulta que cuando uno ve televisión también tiene que tragar una gran cantidad de publicidad en inglés -en más de una ocasión pronunciada de manera horripilante- y quedarse como si tal cosa, porque la cosa sí va con él… ¿entonces? Creo que siempre es mejor reír que gritar o ponerse a llorar, en este caso por un país con tan poca estima hacia su propia lengua. A la pregunta de por qué suceden y aceptamos como normales estas cosas no habría respuesta, probablemente solo un encogerse de hombros, y ante la insistencia quizás una salida de tono… incluso podrían decirnos que tampoco es para tanto, cuestiones de marketing, que eso de poner todo en castellano solo lo hacen los fachas, como llevar la bandera… En estas situaciones el personal suele actuar como es habitual, como si la cosa no fuera con ellos, no es nada suyo, mejor quitarse de en medio o esconderse, evitar los problemas, y explicarse o hablar (si no es para decir simplezas) sí es un problema, en cualquier caso ¿a mí que más me da lo que diga la televisión o ponga en el escaparate?… yo entro y si tienen lo que quiero lo compro y ya está… verás cómo, si quieren vender, me entienden o hacen por entenderme… porque estamos en España y hablamos español… eso del inglés es para la publicidad… se estila… en todos sitios sucede lo mismo -¡¡en Francia, jamás!!-… Excusas o pura ignorancia… o lo que ustedes quieran. Ahora mismo tengo en mis manos una lujosa revista editada por el Ayuntamiento del pueblo donde vivo dedicada a engordar el ombligo del partido en el gobierno local y ¿se lo imaginan? la portada aparece en inglés…
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