Es evidente que viajar, aparte de ser una forma de consumo intensamente publicitada y, por ello, asumida e interiorizada por el propio consumidor como una necesidad casi vital, conlleva una serie de plus particulares que cada cual aporta en función de su educación y su cultura.
Ya apenas se viaja por el placer del viaje, haciendo del mismo el motivo principal, siendo el destino o destinos etapas igual de importantes que el propio recorrido. Durante el viaje se disfruta, se conoce, se aprende, se descubre, se sufren percances e inconvenientes, demoras y un sinfín de circunstancias que, luego, al ser recordadas, darán sabor y carácter al mismo. Desgraciadamente hoy el viaje se parece más a un trastorno para una mayoría que se mueve por inercia, un obligado interludio, cuanto más breve y rápido mejor, anterior al destino previamente elegido. He conocido a tipos que antes de salir de su casa ya tienen una idea detallada de dónde van a estar y todo lo que hay que ver, hasta el punto de que, una vez allí, necesitan la satisfacción de confirmar in situ que lo que están viendo y tocando es exactamente lo mismo que vieron en el salón de su casa sentados frente a la pantalla de su televisión inteligente. No hay sorpresas, no hay descubrimientos, no existe el interés o el esfuerzo por o para, por supuesto la incertidumbre está desterrada.
Entre los destinos turísticos más promocionados hay algunos que acumulan una historia que los precede, los justifica y casi parece aplastarlos. En estos, junto al visitante o turista típico, incansable y sin piedad, puede hallarse a ese otro viajero que acude porque, como decía más arriba, su educación o su cultura sitúan ese punto concreto en un lugar preferente de su universo personal. En él cobran realidad estudios, libros, sueños y aficiones que en algún momento ayudaron a forjar -y hoy forman parte- gustos y carácter. Calles, edificios, palacios, fachadas, teatros, encrucijadas, ríos, mares, paisajes o museos, entre otras muchas opciones, esconden un valor contrastado que provoca un estremecimiento concreto y emociones íntimas solo por él conocidas y nunca mejor disfrutadas; en estos lugares el viajero cierra un ciclo consigo mismo, se entusiasma por estar frente o sobre aquellas piedras, donde fue o existió quien o quienes forman parte de la propia memoria y personalidad.
Pero sucede que muchos de esos lugares siguen siendo lugares vivos, o deberían serlo, y están habitados por personas que también los consideran suyos, en presente, son su pan de cada día, con sus maravillas y sus inconvenientes a la hora de ser vividos, hasta el punto de que uno se pregunta si los propios del lugar viven para sí mismos o para mostrarse a los visitantes como si estuvieran en un escenario que de ningún modo puede alterarse, ni modificar con tal de hacerlo más habitable, porque casi puede decirse que dejaría de ser lo que es. Nunca puede ser bueno que la historia o la cultura ahoguen una ciudad convirtiéndola en un escaparate, dirigiendo las vidas de sus habitantes hasta el punto de que, en algún momento o de continuo, el forastero no sepa realmente dónde está. Ciudades fantasmas en las que sus habitantes huyen o se esconden hartos de no poder vivir su ciudad.
Vivimos en el siglo XXI y el viajero, al menos en lo que a mí respecta, también disfruta captando y sintiendo el ritmo de la ciudad, mezclándose entre los locales, visitando o frecuentando sus rincones preferidos e intentando pasar desapercibido, como uno de tantos, única forma de saborear el lugar; cuando nadie a tu alrededor te confundiría con un turista, tal que el vecino de la mesa de al lado. Es entonces cuando el viaje cobra significado. Pero cuando solo encuentras turistas forzando cada puerta, cada horario, cada vestíbulo, cada terraza, como si fuera un parque temático, algo deja de funcionar, entonces da igual verlo desde casa, hoy los medios digitales son una maravilla, te llevan donde tú quieras, luego no hace falta estar allí para disfrutarlo porque no vas a tener la oportunidad de hacerlo con auténtico placer.