Volviendo a leer hace unos días aquello de pluralidad, en este caso en un articulista nada sospechoso en cuanto a sus convicciones democráticas, no tuve más remedio que detener la lectura y preguntarme qué se pretende decir en este país con eso de plural. Y la conclusión no pudo ser más desoladora, por aquí se utiliza plural o pluralidad porque toca sin saber muy bien por qué toca, sobre todo por parte de gente autodenominada de izquierdas o progresista, otra coletilla que tampoco se sabe bien qué significa porque luego, esos mismos autodefinidos, esgrimen comportamientos más que contradictorios con respecto a su sonora etiqueta. También puede ser que a estas alturas de la película nos tengan que explicar a la gente de a pie qué significa cada cosa y según… o sea, el cuento de nunca acabar.
Me temo que con plural o pluralidad, por simple cautela o por cobardía, se calla más de lo que se dice y se pretende menos de lo que se debería si la cuestión fuera ser claros y directos; se tantea sin llegar a decir nada concreto por propia incompetencia política y la incapacidad de reconocer una realidad complicada ante la que no se es capaz de reaccionar como se debiera. O se procura no herir susceptibilidades que en el fondo se saben pero no se quieren aceptar por obediencia a otras fidelidades; o simplemente se satisface a quienes te mantienen no diciendo la verdad al resto.
Con plural o pluralidad se intenta vender todo sin decir nada, también es otra forma de decir primero lo mío, lo verdaderamente importante, eso que no se sabe ni explicar ni hacer entender de forma convincente, además de por carecer de argumentos concluyentes e inteligibles para la gente de la calle. Plural o pluralidad no deja de ser hoy una figura retórica que ambiciona condicionar y manipular el presente mediante el lenguaje y uso de categorías demasiado controvertidas o directamente desfasadas, entre ellas dejar claro que mis posesiones no son las del rey, que dispongo de una autoridad y unos siervos que me deben respeto y obediencia antes que al mismo rey. ¿Qué significa hoy pluralidad en algunos casos si no exclusivamente la imposición de unos intereses particulares?
Por qué no se deja a un lado la pluralidad y se intenta hacer de todos los siervos ciudadanos, se impone como proyecto común conseguir que ese tipo de a pie -repetido en cualquier rincón del país-, con unos derechos adquiridos que de ningún modo deberían disminuir o desaparecer, que seguirá necesitando de su trabajo para subsistir, pueda moverse libre y seguro sin atender a membrecías o servidumbres regionales. Por qué no nos olvidamos de la penúltima versión del antiguo y místico derecho a ejercer de pueblo elegido por la gracia de Dios, lo que traducido al momento presente se convierte en la suculenta y corrupta asunción del control económico -único privilegio real- como transcripción de unas caducas prerrogativas feudales. No hablo de sentimientos, sino de razón, no se trata de antiguas pendencias entre reyezuelos y condestables de menor alcurnia necesitados de un orgullo territorial que oponer al menosprecio y violencia real, se trata de un proyecto nunca creído ni perseguido por la endémica incompetencia de una clase política de vista limitada que desde hace siglos viene vegetando entre vírgenes, honores y sinecuras.