Suena Kanie West en el coche de regreso al hotel -la facilidad para pasar de un mundo a otro con solo apretar un botón es asombrosa-, ya casi noche cerrada, una oscuridad repleta de nubes que nos han acompañado durante toda la jornada impidiendo que nos detuviéramos en la puesta de sol. A última hora se ha levantado una brisa que animaba a recogerse, despedirnos de Antonio y largarnos al calor de una ducha con la que encarar el resto del día. Siguen sonando los tacos en inglés cuando caigo en la cuenta de que no me he fijado si Antonio disponía de ducha en su precario hogar; probablemente no. Además, aquello de cerrado a cal y canto debe ser en su caso bastante complicado, con tan solo el culo de un bidón repleto de brasas caldeando la primera habitación a la que da acceso la puerta de su casa, el resto de los cuartos o estancias parecerán más bien autopistas por las que circulan a su antojo los vientos del Atlántico.
Allí seguirá, en el centro de la noche otro día más, entreteniendo su soledad con la oscuridad y el permanente ruido de las olas llamando a la puerta, convencido y convincente, amable y solicito a la hora de contar, una vez más, la pequeña historia de su vida a otros paseantes curiosos que se acercaron a preguntar si el pozo construido delante del pequeño porche, a escasos cincuenta metros del mar, era de agua dulce. Claro que sí nos contestó, a veces la marea llega hasta el brocal pero las aguas no se mezclan. Y como, por educación, tocaba, el paso siguiente fue el de invitarnos a entrar y mostrarnos sus posesiones, un pintoresco refugio, morada o residencia levantada a base de retales a caballo entre las dunas y la enorme playa de Doñana: hierro, baldosas de todo tipo, ladrillos encalados, maderas, aluminio, persianas de plástico y probablemente algún que otro pecio o resto que allí cumple con diligencia una función para la que en principio no fue fabricado, un variopinto conjunto coronado por unas placas solares que le suministran electricidad y dan vida a una pequeña televisión plana que en ese momento cuenta historias locales; un auténtico hogar mostrado sin orgullo ni resignación, es lo que hay. Vine aquí en el año 62 y aquí sigo -nos dice-, ganándole poco a poco comodidades a la playa y a ese mar a nuestra espalda, hoy de cuchara, de los que vive; mientras, algún abogado litiga con la Junta tratando de impedir un posible desalojo que se nos antoja completamente innecesario porque probablemente Antonio tiene más derechos y más antiguos sobre aquel pedazo de tierra que las gaviotas y correlimos que deambulan por la playa.
La visita, apremiante por nuestra parte porque no nos podemos quitar la sensación de estar molestando, se lleva a cabo sin prisas por parte Antonio, que sigue contando y respondiendo amablemente a nuestras preguntas, rostro curtido por el sol y el mar, bigote blanco y claro y habla pausada con un ligero acento. Tampoco recuerdo el número de habitaciones, sin puertas, que vamos curioseando con su afable consentimiento, una auténtica miscelánea en la que se multiplican los rincones ocupados por objetos de todo tipo y procedencia abrigados por paredes engalanadas con recuerdos e imágenes religiosas, calendarios de imágenes religiosas y fotografías en blanco y negro y color de ascendientes e hijos que ya apenas vuelven por aquí, esto no es para ellos. Finalmente llegamos a una especie de chamizo al pie de una duna donde duerme un todoterreno del que apenas puede verse una puerta.
También nos cuenta que vinieron a filmar un documental que ahora, cree, están exponiendo en Sevilla. Sigue contestando a nuestras preguntas o mostrándonos una ristra de níscalos de un aspecto excelente que hoy mismo ha cogido de los pinos, su cena o tal vez la comida de mañana, además de la pesca, corvinas o acedías riquísimas -es la temporada-; de eso vive porque ya no está para esfuerzos como los de los coquineros, que acaban con los riñones hechos polvo de arrastrar una y otra vez su botín entre la arena de la playa. Es curioso que sobre cada una de las mesas que ocupan las habitaciones se vean objetos diseminados al azar o por necesidades de una tarea en algún momento interrumpida y que Antonio no tiene prisa por acabar, nadie se lo va a exigir, probablemente se cansa o surge algún que otro apremio y las deja, tal cual estaba, para cuando tenga ganas, o quizás es que simplemente las abandonó allí cuando descargó los bolsillos antes de ponerse a otra cosa; luego volverá a ellas, o más tarde, en su casa nunca estorban.
Toca despedirse y lo hacemos con brevedad, ya hemos molestado bastante y aún nos queda un trecho de oscura playa hasta el coche. A unos pocos metros ya solo podemos distinguir las pequeñas células solares junto al pozo que enmarcan la entrada. Dentro de poco la oscuridad será completa, pero nuestra oscuridad siempre luce adornada de comodidades irrelevantes que nos parecen imprescindibles mientras que la de Antonio, en su voluntaria soledad, probablemente no tanto; la tierra y el mar siempre han sido nuestro hogar y nos han tratado de tú a tú con el mayor de los respetos, esa atención que hemos perdido hacia nosotros mismos.