Manipulación

Ignoro si todavía siguen las discusiones sobre autorías, medios, errores, acusaciones y ausencias en relación con los atentados en Cataluña de hace unos días; ahora toca que científicos, periodistas y expertos de toda ralea pontifiquen mediante hipótesis y teorías de peso y se multiplique una mala, falsa e inútil información convertida en una rastrera y general exhibición de cinismo que han de soportar en silencio los invitados de siempre, los ciudadanos, la carne de cañón que igual sirve como víctima que cómo imbécil al que nuevamente engañar con una política que cada vez se parece más a un juego de trileros.

Una de las pocas e irrebatibles verdades de todo esto, siempre después de los muertos, es la extrema juventud de los autores de los atentados -que cada cual los llame como le parezca-; jóvenes, según quienes les conocían, normales de los que en principio nadie podría sospechar. Nadie que no pensara que los jóvenes son precisamente eso, tipos con pocos años llenos de fuerza y cada vez con menos oportunidades y aspiraciones a los que manipular y redirigir para convertirlos en todo lo contrario a ciudadanos obedientes, instrumentos con los que golpear a quienes no piensan, viven o sienten igual, esos, despectivamente otros, a los que es difícil convencer -en muchos casos por carecer de razones- por los medios usuales de entendimiento entre las personas. Sin embargo, pocos se han dedicado a denunciar, además de la importancia de esas manipulaciones, los fallos de una sociedad que obliga a pasar por la escuela a sus pequeños y luego es capaz de dejarlos con el culo al aire, cuando más necesitados están de una orientación responsable e inteligente, a lo que añadir unas oportunidades para encauzar sus vidas de forma digna y personal y socialmente útiles. Todo lo contrario, estos jóvenes son literalmente abandonados a su ignorancia cuando finaliza la etapa escolar obligatoria; feo asunto si solo hemos sido capaces de mal organizar una educación tan corta, y hasta malintencionada, que no sirve para encandilar a unos chavales que lo tienen todo para aprender -que cada cual asuma sus culpas. Como sociedad es deplorable, además de inmoral. Lo que no impide que nos hayamos habituado a que muchos de nuestros propios hijos, a falta de algo mejor, se agrupen en tribus de todo tipo -urbanas, nos gusta decir- con tal de sentirse aceptados e integrados entre otros de edad y condiciones sociales similares, grupos que suelen ofrecer un sentido temporal y necesario a sus vidas; precisamente por eso no debería extrañarnos que indeseables, frustrados y resentidos de todo tipo vean en estos jóvenes de escasos argumentos y difícil futuro un mercado, con una fuerza y un potencial enorme, que manipular según sus intereses. Aunque eso también lo deberíamos saber.

Estos jóvenes en los que la educación no ha llegado a calar y, como todos los demás, deseosos de dar con un motivo que reorganice sus propias vidas, serán reconvertidos en víctimas capaces de llevar a cabo barbaridades contra los demás sin que ellos mismos sean conscientes de lo que están haciendo ni de sus repercusiones; lo que más o menos ya hizo por aquí el nacionalismo vasco a la hora de armar a ETA y tener amedrentado a todo el país, incluso con los más jóvenes, a los que también manipulaba y utilizaba para quemar autobuses y destrozar el mobiliario público con tal de tener también atemorizados a sus propios conciudadanos; por eso no parece un disparate afirmar que de aquello viene la felicidad económica que ahora disfrutan los vascos. Son los mismos jóvenes que en la actualidad usa el nacionalismo catalán para alborotar la calle y pintarrajear las paredes. Los mismos jóvenes que manipulará cualquier desaprensivo -cura, imán, anticapitalista o ateo progresista- dominado por sus miedos y su inadaptación al mundo que le ha tocado vivir, y algo estúpido a la hora de hacerse entender; permanentemente amagado en su escondite y obsesionado en reconvertir sus temores en un destilado de violencia, una violencia que cobardemente es incapaz de poner él mismo en práctica y para la que necesita de la manipulación de tanta joven cabeza desarraigada y con pocas o ninguna ilusión para sus pocos años.

Una cosa más, una diferencia apreciable entre los llamados terroristas musulmanes y los nacionalistas a la hora de reclutar sus peones es que los primeros pretenden destruir una sociedad que, al fin y al cabo, no es ni han llegado a sentir como suya, tampoco sus cachorros -las causas también las sabemos. En cambio, los nacionalistas no pueden hacer lo mismo porque en este caso la sociedad del enemigo es también la suya, lo que ocurre es que, en su precariedad intelectual reconvertida en odio, no han sabido ser convincentes por medios razonables ni encontrar ningún medio a través del cual hacerse oír en ella, su influencia es despreciable y únicamente les queda la violencia como forma de estar presentes, pero una violencia controlada que no destruya por completo lo que ellos pretenden heredar con sus malos modos. Falta preguntar qué pensarán mañana estos chavales, pero eso ahora a nadie le interesa.

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