Decía Keynes en sus memorias que lo peor de negociar con los norteamericanos era que utilizaban abogados para todo, cualquier conversación que pudiera derivar en un acercamiento o intento de acuerdo necesitaba de un abogado que certificara o cuestionara lo que en un principio eran meras aproximaciones sin conclusiones o final previsto. Con el paso de los años la figura del abogado se ha convertido a nivel mundial en indispensable para cualquier intercambio, disputa, contrato o relación entre empresas o personas; de hecho, en la justicia española es imposible establecer ninguna relación jurídica entre particulares si uno no va provisto del consiguiente abogado. Que cada cual imagine la necesidad o el porqué.
Viene esto a cuento de la pretendida exhumación de los restos de Dalí, según la prensa con motivo de una demanda de paternidad de una persona que asegura que su madre, ya fallecida, en alguna ocasión le hizo saber, de forma más bien poco clara o subrepticia, de una relación íntima con un pintor muy conocido con el que solía coincidir por cuestiones laborales. De lo que se deduce que la pretendida exhumación solo pretender solucionar una duda de origen y conceder al fin la paz espiritual a una persona que hasta hora vivía en la permanente zozobra de no saber quién fue su progenitor. Ahora, que una persona normal y corriente lleve u obligue a un juez a ese, digamos, extremo de exhumación, probablemente sea debido a que detrás de ella hay un hábil abogado que en el imparcial ejercicio de su profesión considera necesario, e incluso vital, que su cliente pueda vivir tranquila y en paz u orgullosamente satisfecha de ser hija de un pintor de renombrado postín. Posible punto final.
Vaya, ¿y a nadie le ha dado por pensar que detrás de ello quizás haya un motivo económico, la posibilidad de una hipotética herencia y una excelente minuta para el letrado a costa de aquella? O eso es ser muy mal pensado. Claro, ese agobio espiritual se lleva mejor, si sale bien, con algo de dinero, o mucho. Es cuestión de abogados, y las cuestiones de abogados siempre ocupan el centro de atención; de qué, si no, las sospechas hacia el hasta ahora ignorado y casi desconocido tratado económico con Canadá, el famoso CETA; porque junto con él viene incorporado un ejército de abogados dispuestos a denunciar todo aquello que no satisfaga a sus clientes, desde un vergonzoso un fraude hasta una ley local, medioambiental o de protección social que el ofendido demandante considere que vulnera sus derechos o merma sus beneficios. Derechos jurídicos, que nada tienen que ver con cuestiones sociales, más o menos relevantes, espirituales o de justicia. Visto lo cual, como en las películas, cualquier pelo que aparezca como sospechoso puede dar lugar a una investigación y a las inevitables preguntas seguidas de las resultantes demandas en función de un derecho indesmayable que puede traer de cabeza a cualquiera.
Imaginen lo que puede significar un mero encuentro sexual, incluso accidental o etílico, si con el paso del tiempo una de las partes tropieza con el éxito y logra algo de dinero mientras en la otra parte crece un agobio espiritual o existencial por no saber con certeza quién es la otra o el otro querido progenitor que aportó su semilla para traer a un futuro demandante o beneficiario a este mundo.