Esa publicidad, como toda la que se mostraba en el cristal del escaparate, no parecía ser más importante ni ofrecer algo excepcional, diversas ofertas u opciones que, al parecer, están al alcance de cualquiera, se trataba de algo normal que todos podemos conseguir si con ello somos más felices; me faltaba saber el cómo. El cartel en concreto decía “Personaliza tu mundo”, mostrando una sucesión de fotografías encastradas o forrando cualquier objeto imaginable, y aún creo que faltaban por exponer, pero la superficie del anuncio tenía un límite. Mientras seguía caminando me dediqué a pensar qué podía significar eso de personalizar materialmente tu mundo, y no se me ocurría otra cosa que imaginar a alguien guapísimo, dueño de un ombligo gigantesco, autoreproduciéndose gráficamente en llaveros, paredes o cisternas, en cualquier posición y desde cualquier perspectiva con la intención de no perderse en ningún momento de vista, lo que me parecía algo abrumador y hasta tormentoso, sobre todo cuando hay mañanas que uno ni siquiera tiene ganas de mirarse en el espejo porque entonces saldría corriendo. Luego pensé que esa personalización del mundo se refería a familia y amigos, un circulo un poco más amplio reproducido sin medida y algo aligerado de uno mismo, pero me parecía casi igual; si siempre vemos las mismas caras al final acabaremos aburriéndonos y nuestro mundo se convertirá en lo contrario de un mundo, una pedanía de ningún sitio.
Aunque probablemente habrá mucha gente que opine lo contrario. Para qué ver los caretos de tipos que no conoces, con los que no tienes relación y que tampoco te interesan si con tu propio mundo tienes suficiente -aunque no me negaran que llamar mundo a algo tan limitado tiene su gracia-, no es necesario nada más; la existencia de los otros, con sus problemas y sus posibles interrupciones o intromisiones no deja de ser un engorro, algo así como las noticias cuando, por ejemplo, interrumpen el ruido musical de una emisora de radio, son ganas de arruinarte el día y amargarte la existencia, porque ni te van ni te vienen y cuanto más lejos mejor. Si yo no me meto con nadie que me dejen en paz, y si puedo rodearme únicamente de los míos, de sus caras, sus risas y sus cosas mejor, ¿para qué más?
Poco más que decir. Finiquitado, dicen, el mundo al planeta tierra y su limitada extensión, comprobado y admitido que todo aquello que no nos sea de algún modo útil o conocido, que no se halle en nuestro terruño o tenga relación con él, o que no se parezca de algún modo a lo que ya tenemos o conocemos sencillamente no nos importa, puede desaparecer; como si no existiera porque yo no tengo necesidad de ello. Sin embargo, cuanto más reduzcamos nuestro horizonte más pequeños nos haremos, cuanto más limitemos nuestro conocimiento más ignorantes seremos, cuanto más cerremos nuestro círculo, por ejemplo, a los rostros que constantemente nos rodean, más incomunicados estaremos y más desconfiados nos volveremos. El simple paseo por un lugar que no conoces te ofrece más vida y más mundo que todas las fotografías de las que puedas rodearte.