Intenten recordar desde cuando no veían u oían hablar de anticapitalistas, al menos con la relativa frecuencia con la que hoy sucede en la política nacional. Creo que muchos de nosotros, más atentos a la situación política y social del país que tenemos, nos habíamos olvidado de ellos; no porque no siguieran o pudieran seguir existiendo y con ellos el derecho a cuestionar la forma de gobierno del lugar en el que uno vive, sino porque por aquí no era muy corriente que aparecieran en las primeras páginas de la prensa y en el resto de los medios de comunicación. Asumida como propia la realidad política y social en la que nos desenvolvemos -no nos queda más remedio puesto que seguimos viviendo aquí- y la gran diversidad de opiniones y puntos de vista que pueden darse, y de hecho se dan, en ella -como en cualquier otro lugar de este mundo-, deberíamos saber de las dificultades para congeniar opiniones y propuestas a veces tan dispares a la hora de concebir y hacer viables proyectos de vida en común, tarea enorme que añadir a la necesidad de sacar adelante la realidad diaria con la que cada cual se tropieza cada mañana. Pues bien, si no teníamos bastante ahora toca aceptar y entender -eso sí es realmente difícil- el asunto de los anticapitalistas y su presunta pureza económico/ideológica, que no política, cuestión que más bien parecen de otro planeta o de otras sociedades en periodo de construcción o con sistemas aún no completamente establecidos o asumidos por la población; o con reticencias importantes por parte de una mayoría de ciudadanos. El anticapitalismo como propuesta política en sociedades como la nuestra parece, más bien, una opción algo rudimentaria, o quizás se trata de que hasta ahora hemos estado viviendo sin saber, ni dónde ni cómo, y por ello estos tipos consideran que lo mejor es volver a empezar; ignoro hasta a qué principio o revolución… o tal vez volviendo al trueque… o creando infinidad de comunidades autosuficientes completamente cerradas al exterior. Vistos los tiempos que corren, quién sabe.
Pero no es lo más importante que todavía haya gente a la que no le parece bien cómo pintan las cosas -como tampoco me parece a mí-, la cuestión es que, después de más de cuarenta años desde la muerte del dictador y varias generaciones de peninsulares de a pie que han trabajado para que esta sociedad sea como hoy es -casi medio siglo, que se dice pronto-, aquellos piensen, más bien crean, que la política económica nacional aún no está definida; cuestiones tribales al margen, o no. Los anticapitalistas han vuelto a la política y nadie sabe cómo ha sido, y qué pretenden o qué piensan hacer con esa gran mayoría de ciudadanos apegados a otras preocupaciones para ellos mucho más importantes que la disyuntiva de capitalismo si o capitalismo no es una incógnita. Probablemente suponen que, ya con la dictadura aproximándose al peligroso terreno del olvido -no tienen más que echar un vistazo a cualquier concurso televisivo-, la población actual en el fondo sigue sin tener claro cómo desea vivir, circunstancia que, más que necesitar responderse con un sí o un no de viva voz, viene reivindicándose por cada ciudadano año tras año simplemente haciendo, o viviendo, que viene a ser lo mismo.