A medida que pasan los minutos la música se ha ido zampando, uno tras otro, cualquier otro sonido o ruido que osara imponerse sobre ella, vajilla, cristalería o conversaciones en susurro; ya son pocos, o ninguno, los espectadores que se atreven a entablar una conversación o esbozar un comentario al oído de su acompañante acerca de lo que llevamos disfrutando hace ya un rato. El concierto había comenzado, por mi parte, con más curiosidad que convencimiento, algo intrigado por cómo aquellos instrumentos en apariencia tan distantes, bajo de cinco cuerdas, una batería, un acordeón y un saxofón o flauta travesera -según el tema-, podían engarzar sus particulares sonidos en un único ritmo o melodía que, por encima de sus propias características, creara en el espectador la sensación de haberlos escuchado juntos toda la vida, convirtiendo el concierto en lo que precisamente era en aquellos momentos, un auténtico regalo para los oídos de los presentes, el pausado y consistente desarrollo de unos pocos y largos temas que enlazaban de maravilla las peculiaridades en la interpretación de cada uno de los músicos, llevando al público en volandas mediante el vibrante desarrollo de unas interesantes conversaciones musicales, salpicadas con sus correspondientes solos, que levantaban sin esfuerzo los merecidos aplausos que la concurrencia concedía sin reservas. Una sobria batería que en sus ajustados primeros planos era capaz de argumentar sin resquicios, demorándose en algunos solos de imperturbable atractivo, o establecer un ritmo con apenas dos notas que arropaba sin fisuras las interpretaciones de los otros instrumentos sin llegar a robarles protagonismo y sin desaparecer de las entretelas de la composición; un acordeón que en sus más rápidos registros era todo nervio, provocando, al menos a mí, asombro y admiración hacia la escueta y recatada figura del interprete. Un original bajo eléctrico rebosante de alegría y vigor que no cesaba de animar, celebrar, acompañar y susurrar cada tema, pulsado por un brasileño que desprendía música y ritmo por cada uno de los poros de su cuerpo. Y por último, estaba el que en este caso podría denominarse líder del grupo, pero que en realidad era uno más, y no por ser el de mayor edad le costaba congeniar y conjuntarse musicalmente con sus jóvenes compañeros, como si llevaran toda la vida tocando juntos.
Y en esos curiosos momentos en los que uno es capaz de salirse mentalmente del lugar en el que está disfrutando para verse y ver desde fuera el mismo concierto sin dejar de oír lo que dentro sigue escuchando, es cuando siente que aquello podría durar toda la vida, que aquellos músicos y sus correspondientes instrumentos han nacido para tocar juntos e inventar una atmósfera especial en la que, sin que ninguno pise al otro y todos a la vez, son capaces de acariciar y transportar con cada una de sus notas los oídos de los atentos espectadores.
No se trata de un grandísimo concierto, creo no los hay, ni de un momento único en el universo, ni de algo verdaderamente excepcional, se trata de un excelente concierto, como probablemente habrá muchos otras partes del mundo; música en estado puro que uno puede sentirse orgulloso de saborear, ese concierto que todos queremos oír pero que muchas veces no sabemos identificar. Es jazz, es música hecha en este país interpretada y dirigida en Madrid por uno de los pocos grandes que quedan, Jorge Pardo, acompañado de tres músicos del resto del mundo que siguen tocando para deleite de los pocos que llenamos el pequeño local, presente feliz y agradable recuerdo de otros futuros.