Hay personas para las que entablar una conversación con cualquier otra u otras, independientemente de que sean conocidos o no, no supone ningún problema, es más, la cuestión es lo más normal y natural del mundo, tan fácil como caminar. Sin embargo, esta, para muchos, obviedad es para otros, como es mi caso, una cuestión algo más peliaguda -imagino las sonrisas y los gestos de no comprender de los primeros cuando escuchan o leen que lo que para ellos es tan sencillo para otros pueda ser más complicado o convertirse en todo un problema. Y creo que tienen razón en sus risas, aunque hay que ser un borde redomado para no aceptar o responder a unas palabras dichas con amabilidad.
El hecho fue que el señor, tras dar un par de vueltas alrededor nuestro entre despistado y aburrido, se decidió por fin a “asaltarnos” ya no recuerdo si con una pregunta o un comentario acerca del tiempo o el mar, y lo que comenzó siendo una respuesta amable por nuestra parte pasó a convertirse en la línea de salida de un, no sé si decir, soliloquio, entre local y biográfico, que nos entretuvo divertidos y expectantes ante cada nuevo giro que la conversación -más o menos- iba tomando. El tipo no dejaba de hablar y moverse comentando y preguntando amablemente, y aunque en ocasiones parecía quedarse en blanco, no sé si porque realmente lo estaba, porque anduviera buscando otro tema con el que entretenerse y entretenernos o porque empezara a pensar que tal vez nos estuviera dando la vara en exceso y tocaba hacer mutis y dejarnos en paz, no tardaba en enlazar con otro motivo que parecía venir al pelo porque curiosamente no modificaba el tono general de su discurso-conversación.
Así que, henos allí, acariciados por el tibio sol de media tarde de palique con un señor jubilado que ya parecía de la familia, porque sin que insistiéramos fue contándonos su vida y milagros sólo interrumpido por nuestras propias preguntas -¡vista la situación!- ante cualquier cosa que nos intrigara, no nos quedara del todo clara o de la que quisiéramos saber más. Supimos del lugar dónde había nacido, donde vivía, su familia, su trayectoria profesional y la otra, sus actividades actuales, su disposición para lo que hiciera falta que necesitáramos, su casa, un café o unos tomates de su huerto, amén de huevos, si llegara el caso, de sus propias gallinas. Ya pueden imaginar.
¿Qué es antes, la soledad o las ganas de relacionarse con los demás? ¿Es una necesidad o una afición como otra cualquiera? Para los que no somos muy dados al discurso fácil puede ser un tema de conversación que probablemente no merezca la pena; aunque creo que el asunto es mucho más sencillo. El que algunos tengamos ciertas dificultades -voy a ser condescendiente- a la hora de entablar una conversación intrascendente con cualquier otra persona no impide que el hecho de hablar sea una de las actividades más reconfortantes de las que podemos disfrutar los humanos, y si durante el transcurso de la conversación uno se siente bien, incluso mejor -como nos fue pasando en la situación que he descrito más arriba-, de buen humor, menos introvertido o desconfiado y dispuesto a ir donde haga falta con aquel o aquellos que tienes delante siempre será una buena elección. Porque al margen de cuestiones de personalidad o carácter, de independencia o excepcionalidad, hablar es vivir. También es cierto que en ocasiones -a veces, demasiadas- toca enfrentarse a auténticos ladrillos vivientes, zotes sin imaginación que te martirizan sin piedad ni advertir que ya su primera palabra era mortal de necesidad.
Pero creo que es fácil entender a qué me refiero y que estos últimos no entran dentro de lo que la mayoría de nosotros entenderíamos con hablar o tener una grata conversación.