Políticamente correcto

Hay quien suele usar o interpretar aquello de “políticamente correcto” según una personal apreciación que en numerosas ocasiones tiene poco o nada que ver con el origen del término, lo cual acaba siendo motivo de confusión más que de entendimiento.

La lengua no es sólo un vehículo de comunicación, también es una herramienta creada por el hombre que ordena y prefigura la realidad sustentando y nutriendo el mundo de los hablantes, el mismo mundo que organiza sus vidas y los objetos a su alcance dándoles una utilidad y un sentido más o menos definitivos. Y como en toda creación humana su pervivencia en el tiempo se complementa con las consiguientes modificaciones -renovaciones y supresiones- que sus creadores y mantenedores tienen a bien introducir con el paso de las generaciones. Es como parte de ese aspecto renovador del lenguaje que surge la noción o concepto “políticamente correcto”, un criterio que en principio pretendía evitar cualquier uso de la lengua que pudiera implicar una ofensa -vía nominal- hacia ciertas ortodoxias o grupos sociales, intentando impedir un juicio peyorativo u ofensivo mediante el acrítico nombrar y con ello el posible condicionamiento y/o perdida de consideración en el trato hacia determinadas situaciones y grupos sociales.

Reconocida la nueva competencia y considerando la prevención hacia el mero pero en algún modo ofensivo nombrar tocaba pulir la lengua de aquellos términos que pudieran dar lugar a equívocos o faltas de respeto, casos y situaciones que había que corregir por el bien de la común convivencia. Cuestión que tocaba a los hablantes advertir y corregir en sus reiteraciones, olvidos o simple desconocimiento a la hora de usar la propia lengua, asunto que, explicado en su momento, no suponía ningún esfuerzo alterar, rodear o evitar por parte del hablante.

Pero políticamente correcto también pasó a ser aquel juicio u opinión que no cuestionara o juzgara peyorativamente una postura o situación política o social, y no digamos criticar, obligando torticeramente al hablante a moderarse o cohibirse cuando lo que estaba haciendo era opinar o juzgar de modo contrario respecto a lo que en muchos casos era incorrecto o simplemente estaba mal; con ello se daba por hecho y necesario la aceptación voluntaria de un pensamiento único convertido de la noche a la mañana en una exclusiva y tendenciosa visión del mundo mantenida sin opciones ni alternativas por un poder que se pretendía absoluto y manipulador.

En otros casos también se terminó llamando políticamente correcto a un uso del lenguaje en el que no apareciera ningún exabrupto o voz malsonante, rápidamente tomada por ofensiva por quien o quienes, según su particular consideración, la rumiaban suficiente para rehuir toda confrontación y refugiarse en su egoísta e interesado punto de vista. Como tampoco tiene que ver políticamente correcto con la educación y el respeto a la hora de hablar, necesarios cuando se pretender atar la atención del oyente sin que necesariamente tenga que salir corriendo a las primeras de cambio porque ha decidido atascarse voluntariamente en una palabra o afirmación contraria tomada al instante como un insulto o salida de tono que venía como anillo al dedo para justificar su huida y con ella cualquier posibilidad de escucha y posible aceptación o entendimiento.

Desgraciadamente, esta manipulación interesada del término “políticamente correcto” y su cambiante significación, que nunca ha sido una deriva al azar, muestra un uso malévolo de la lengua por parte de aquellos preocupados por sostener una única realidad acorde a sus intereses, alejando hacia situaciones marginales despojadas de discurso o refugiadas en una terminología desfasada o futurista a quienes pudieran representar un obstáculo para sus ambiciones. Y lo que era un término nacido para dar cabida y ofrecer el respeto de una mano abierta a los que se mostraban o nos parecían contrarios o diferentes se convierte, de la noche a la mañana, en una expresión que acaba sacralizando las buenas costumbres de siempre según un pensamiento conservador que generalmente suele exhibir más inteligencia a la hora de actuar y apropiarse del presente y su única realidad mientras expulsa a sus oponentes a inevitables e inútiles disquisiciones sobre el futuro.

 

Esta entrada fue publicada en Política. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario